Rene Descartes

Rene Descartes es un pensador sin el cual no es posible entender la ciencia moderna y, dado que marcó no solo la filosofía y las matemáticas sino muchas otras áreas del saber, lo traemos a este blog, partiendo de una edición vieja de esta biografía y actualizando sus datos, ortografía y limpiando su html.


Biografia

Primeros años

René Descartes o Renatus Cartesius (1596-1650), ha sido uno de los más grandes filósofos franceses, fundador del racionalismo.
Nació Descartes en La Haya[1] (Turena), en el seno de una familia burguesa, el 31 de mayo de 1596; fue el tercer hijo de Joachim Descartes[2] y de Jeanne Brochard[3] . Cuando tenía 1 año Rene Descartes, fallece su madre (15/05/1597). Al envidar su padre (quien laboraba para el parlamento provincial), volvió a casarse en el año 1600 con Anne Morie.

Descartes pasa al cuidado de su abuela[4] quien lo educó hasta el año de 1606 fecha en que ingresa en el colegio de los jesuitas de la Flèche[5], fundado dos años antes, y una «de las más celebres escuelas de Europa», y cuyas enseñanzas, en particular la filosofía escolástica aprendida de 1612 a 1614, que Descartes enjuicia en su Discurso del Método[6]. Allí entabla amistad con el sacerdote Martín Mersenne (1588-1648), un nexo que duraría toda la vida.

Estudios, enseñanza y viajes

Abandona esta escuela y en el año 1616 se halla en Poitiers cursando estudios de derecho. En 1618, queriendo leer el «libro del mundo», se enrola en el ejército de Maurice de Nassau, príncipe de Orange, y participa así en la guerra de los Treinta Años[7]. Este mismo año conoce a Isaac Beeckman (noviembre de 1618), un investigador holandés, momento a partir del cual Descartes se interesa por la investigación científica, que “combina la matemática y la física, en una forma exacta”[8]. Por la correspondencia de Beeckman[9] se sabe que Rene Descartes por esta época buscaba ya, como había hecho Ramon Llull, un «arte general para resolver todas las dificultades». Desmoronada la amistad con Beeckman, Descartes abandona Holanda y se enrola en el ejército católico de Maximiliano de Baviera.

En noviembre de 1619, en Ulm, según su propio relato, descubre «los fundamentos de una ciencia maravillosa», tras interpretar el sentido de tres sueños[10] habidos la noche del 11 de noviembre, que se considera el punto de arranque de su nuevo método.[11]

Sigue de 1620 a 1629 un período de 9 años de viajes, de los que hay que destacar que, en 1622, adquiere un patrimonio familiar que le permite autonomía económica[12] y que, pese a llevar a cabo un viaje a Italia, no llega a conocer a Galileo.Algunas fuentes mencionan que Descartes en 1623 vende todos sus bienes e invierte en bonos lo que le permitiría una buena renta de por vida.
Hacia 1625-1627 se halla en París[13], donde llega a ser conocido entre los medios literarios, científicos y filosóficos, como «excelente matemático» y perfecto hombre de mundo. Entre sus amigos, se cuentan sobre todo Marin Mersenne[14] y el cardenal de Bérulle. En este ambiente participa en la discusión entre el valor y sentido de la filosofía tradicional escolástica y los métodos innovadores de la «nueva ciencia» que, por aquel entonces, se hallaba mezclada con las llamadas «ciencias curiosas» (magia, alquimia, astrología). Por esta época Descartes comienza a redactar las Reglas para la dirección del espíritu (en 1628) aunque fueron publicadas póstumamente. En ellas consta ya la conocida afirmación cartesiana de que, al menos una vez en la vida, conviene poner todo en discusión, y el rechazo frontal y total de la filosofía escolástica y, con ella, del aristotelismo. Frente a las confusiones y ambigüedades de la mezcla de la nueva ciencia con las ciencias curiosas, propia del Renacimiento, Descartes presenta los puntos esenciales de su método deductivo de razonar, esencialmente matemático, proponiendo como ciencia ideal aquella que primero justifica el método en que se fundamenta, cuyos puntos esenciales son: la intuición, la deducción, la enumeración o inducción y la memoria o recuento de todos los pasos dados. Tras una importante discusión pública, en casa del nuncio y ante la flor y nata de todo París[15], en la que expone su método, que él denomina «método natural» de razonar, y en la que el cardenal de Bérulle le dedica grandes elogios y le anima a desarrollar una filosofía fundada en dicho método, Descartes se marcha a la región de Bretaña y luego, hacia 1629, se instala definitivamente en Holanda.

Madurez y obras filosóficas

En este país, extrañamente aislado, aunque en contacto epistolar con científicos y filósofos, con Mersenne sobre todo, y cambiando continuamente de lugar de residencia para no ser hallado, encuentra la paz de espíritu necesaria para desarrollar sus investigaciones, matemáticas primero y luego filosóficas, con la intención de hallar razonamientos filosóficos más evidentes que los geométricos.

En 1637 aparece Discurso del método, que publica en Leiden, en francés, sin su nombre, junto con tres ensayos científicos, Dióptrica, Meteoros y Geometría, que él afirma que son ensayos hechos según su nuevo método.

Mientras tanto, en 1633, el Santo Oficio condena las afirmaciones de Galileo sobre el movimiento de la tierra, por lo que Rene Descartes interrumpe la redacción de Mundo; en 1635, de Helene Jans van der Strom, mujer que le cuidaba, tiene una hija (Francine Descartes, quien moriría de escarlatina) a la que legitima; en 1640, mueren su padre, su hermana y su hija de cinco años («el dolor más grande de su vida»).

En 1641 publica una redacción en latín de Meditationes de prima philosophia -iniciadas hacia 1628-, junto con las objeciones que Mersenne había podido recoger previamente, sobre todo de Gassendi y Hobbes, y las respuestas de Descartes. Descartes va siendo cada vez más conocido en Holanda, y mayor es el número de amigos, científicos y filósofos que le visitan, pero arrecian también las críticas y la oposición a su filosofía. Hobbes le visitará pero no lograrán ponerse de acuerdo; Hobbes se alinea con la nueva ciencia, mientras que Rene Descartes, que no acepta ni la filosofía escolástica ni la nueva ciencia, pretende que su filosofía llegue a substituir a la antigua escolástica. De hecho, sus Meditaciones van precedidas de una carta dirigida a los profesores de la Sorbona de París para captarse su benevolencia. En realidad, lo que obtiene son ataques, principalmente de Pierre Bourdin, jesuita influyente, y de Gilbert Voët, profesor de la universidad de Utrecht. Tuvo que intervenir la autoridad política para lograr que cesaran los ataques contra Rene Descartes en las universidades holandesas, que lo acusaban de ateísmo y pelagianismo.

En 1644 aparecen, también en latín, los Principia philosophiae: con ellos intenta ofrecer un manual de su propia filosofía, redactado al estilo de los que entonces se utilizaban. Los dedica a la princesa Isabel, hija de Federico V, rey de Bohemia y elector del Palatinado, refugiado entonces en Holanda, tras la batalla de la Montagne Blanche (1620). La princesa había conocido y tratado a Descartes y mantenía con él correspondencia sobre temas de filosofía; en sus Cartas a Isabel, puede apreciarse la moral definitiva cartesiana. El interés de esta princesa por cuestiones psicológicas hizo que Rene Descartes compusiera en 1649 un tratado sobre Las pasiones del alma, que es interesante para comprender las relaciones entre mente y cuerpo en su sistema. Durante los años 1647-1649, aparecen las traducciones al francés de las Meditaciones y los Principios y, en 1648, vuelve por última vez a París, donde coincidió con los tumultos de la Fronda.

Muerte

En 1649 aceptó no de muy buen grado la invitación de la joven reina de Suecia, Cristina, interesada en su filosofía desde 1646, a trasladarse a su corte. El clima riguroso de Suecia y el horario intempestivo – las cinco de la mañana- de las lecciones que debía dar a la reina acabaron con la vida de René Descartes, que murió el 11 de febrero de 1650, a los 53 años de edad.

Tal vez fuera neumonía. Aunque hayan teorías sobre conspiraciones una posible muerte por envenenamiento por arsénico.

Sus despojos mortales, como católico romano fallecido en un país protestante, fueron sepultados en el Adolf Fredriks kyrka de Estocolmo.Posteriormente sus restos serían llevados a Francia y enterrados en la abadía Sainte-Geneviève de Paris (24 de junio 1667).Faltaba su pulgar, que lo habría tomado el embajador de Suecia Hugues de Terlon, encargado de su repatriación.Después de 1792 se extravía el cráneo de Descartes, pero se conservan fragmentos de la tibia, el fémur, radio y cúbito; los demás huesos estaban reducidos a polvo.

El 26 de febrero de 1819 sus despojos mortales pasarían a residir en la abadía Saint-Germain-des-Prés.
Tras la muerte de Descartes, en las universidades holandesas comenzaba el cartesianismo.

Prohibición de sus escritos

En 1663 la Santa sede prohibió los escritos de Descartes, al incluirlos en el Index Librorum Prohibitorum

Filosofía

Descartes es considerado como “el padre de la filosofía moderna” y también, aunque con menos razón, como “el fundador del idealismo moderno”.
En todo caso, su pensamiento y su obra se hallan en un punto crucial en el desarrollo de la historia de la filosofía y pueden considerarse como inicio de un período que algunos historiadores hacen terminar en Hegel y otros hasta entrada la época contemporánea.
Se habla con frecuencia del racionalismo de Descartes, y también del voluntarismo de Descartes.
Su filosofía ha sido interpretada de muy diversas maneras. No hay duda de que influyó grandemente, no solamente dentro de la tendencia o tradición llamada “cartesianismo”, sino también en muchos autores que se han opuesto a ella, pero que de algún modo deben a Descartes sus principales incitaciones filosóficas. Ciertos autores han destacado la casi absoluta originalidad de Descartes. Otros han mostrado que el filósofo forjó sus conceptos fundamentales tomándolos de la escolástica. La verdad no está probablemente en el punto medio, sino en otro más capital: en el hecho de que Descartes representó, para usar una expresión de Ortega, un nuevo “nivel” en filosofía, y en el hecho de que este nivel fue justamente el que llamamos “moderno”.

Método

La filosofía de Descartes no puede reducirse, como a veces se ha hecho, a metodología. Tal filosofía es un conjunto muy complejo de diversos elementos: método, metafísica, antropología filosófica, desarrollos científicos (especialmente matemáticos), preocupaciones religiosas y teológicas, etc., etc. Es plausible, sin embargo, comenzar por destacar la busca cartesiana de un nuevo método. Éste no debe ser, como según nuestro filósofo era la silogística aristotélica, mera ordenación y demostración lógica de principios ya establecidos, sino un camino para la invención y el descubrimiento. (De ahí que su referente fuera la geometría, que se construye con pocos axiomas y mucho rigor lógico).

Este camino debe estar abierto a todos, esto es, a todos los que participan igualmente de la razón y del “buen sentido”.
El ejemplo de la matemática, en donde el análisis constituye un arte inventivo, representa la principal incitación del método cartesiano.
La primera condición para su realización consiste ( Discurso, II ) en “no admitir como verdadera cosa alguna que no se sepa con evidencia que lo es”, evitando la precipitación y la prevención y aceptando sólo lo que se presenta clara y distintamente al espíritu; la segunda, en “dividir cada dificultad en cuantas partes sea posible y en cuantas requiera su mejor solución”; la tercera, “en conducir ordenadamente los pensamientos”, empezando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender gradualmente a los más compuestos, y la cuarta, “en hacer en todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales que se llegue a estar seguro de no omitir nada”.
Estas cuatro célebres reglas resumen todos los caracteres esenciales del método. Para Descartes no puede conocerse en principio ninguna verdad a menos que sea inmediatamente evidente.
Pero la evidencia como único criterio admisible, debe poseer las notas de claridad y distinción. Descartes llama a las ideas que poseen estas notas naturalezas simples (naturae simplices). Su conocimiento se efectúa por una intuición directa del espíritu; su verdad es, al propio tiempo, su inmediata evidencia. De ahí la necesidad de descomponer toda cuestión en sus elementos últimos y más sencillos y en reconstruirla para la prueba con los mismos elementos, es decir, con sus mismas y primarias evidencias.

Toda verdad se compone, por consiguiente, de evidencias originarias, simples, irreductibles o de nociones relacionadas con ellas. Lo que debe hacer el espíritu es distinguir lo simple de lo compuesto e investigarlo con orden hasta llegar a un sistema de elementos en el cual lo compuesto pueda ser reducido cada vez a algo simple. Esta regla es fundamental “y no hay —dice Rene Descartes explícitamente— otra más útil, pues advierte que todas las cosas pueden ser dispuestas en series distintas, no en cuanto se refieren a algún género del ente, tal como las dividieron los filósofos conforme a sus categorías, sino en cuanto que unas pueden conocerse por otras, de tal modo que cuantas veces ocurre alguna dificultad, podamos darnos cuenta al momento de si no será tal vez útil examinar primero unas y cuáles y en qué orden” (Regulae, VI). En otros términos, el verdadero secreto del método —y ningún saber es posible sin método— consiste en regresar a lo más “absoluto”.

Descartes busca infatigablemente una proposición apodíctica; no simplemente una verdad fundamental —pues las verdades de fe poseen también este carácter—, sino una verdad que pueda ser creída por sí misma, independientemente de toda tradición y autoridad; una verdad, además, de la cual se deduzcan las restantes por medio de una serie de intuiciones en el curso de una cadena deductiva. Esta verdad ha de ser, por otro lado, común a todo espíritu pensante, de tal suerte que sea accesible a todo pensar, siempre que funcione rectamente y se desprenda de cuanto se interponga para desviarlo o entorpecerlo, pues “nada puede añadirse a la pura luz de la razón que en algún modo no la oscurezca”. En otros términos, el espíritu posee, por el mero hecho de ser sujeto pensante, una serie de principios evidentes por sí mismos, ideas innatas, con las cuales opera el conocimiento, el cual reduce a ellas, mediante relación y comparación, cuantas otras nociones surjan de la percepción y de la representación. Este afán de claridad y de evidencia se revela en el proceso de la duda metódica, que elimina cuantas objeciones pudieran oponerse a semejante fundamentación en los últimos elementos intuitivos. En la duda metódica se indaga el último criterio de toda verdad. No es una duda en un sentido escéptico con una finalidad nihilista o con un propósito moral: se duda justamente porque sólo de la duda puede nacer la certeza máxima.
La duda pone sólo entre paréntesis los juicios, pero no las acciones.
Toda irresolución en estas últimas queda suprimida por lo que Rene Descartes llama la “moral provisional” indispensable para no convertir la actitud dubitativa en una destrucción del orden moral, político y religioso existente.
Descartes procede a dudar de todo, y no sólo de las autoridades y de las apariencias del mundo sensible, sino también de las propias verdades matemáticas. El proceso de la duda es llevado a sus últimas consecuencias por la hipótesis del “genio maligno” (malin génie), introducido por Descartes para agotar completamente la serie de posibles dubitaciones.
Pudiera existir, señala, un genio maligno omnipotente que se propusiera engañar al hombre en todos sus juicios, inclusive en aquellos que, como los matemáticos, parecen estar fuera de toda sospecha. Mas una vez practicada esta duda metódica y radical, mientras el espíritu piensa en la posibilidad de toda suerte de falsedades, advierte que hay algo de que no es posible dudar en manera alguna, esto es, de que el propio sujeto lo piensa. La duda se detiene, finalmente, en este pensamiento fundamental, en el hecho primario de que, al dudar, se piensa que se duda. Este núcleo irreductible en donde el dudar se detiene es el Cogito ergo
sum. Yo pienso: luego, yo existo; yo soy, por lo pronto, una cosa pensante, algo que permanece irreductible tras el absoluto dudar (Discurso, IV; Meditaciones, II). El Cogito es, por consiguiente, la evidencia primaria, la idea clara y distinta por antonomasia — idea distinta, certeza primaria, pues, más bien que primaria realidad. Tal proposición es juzgada por Descartes como una verdad inconmovible “por las más extravagantes suposiciones de los escépticos”. El Cogito —que no debe interpretarse como un mero acto intelectual, sino como un “poseer en la conciencia”— afirma que “yo soy una cosa pensante” con completa independencia de la coincidencia del pensar con la situación objetiva y aun de la propia existencia de tal situación.
Ahora bien, el momento inmanente del Cogito queda transformado muy luego en un momento trascendente.
Ocurre tal en la demostración de la existencia de Dios y en las sucesivas afirmaciones de la substancialidad del alma y de la extensión de los cuerpos. Por eso el Cogito representa la posición de un idealismo que no renuncia al realismo y que, por otro lado, no se satisface con el inmanentismo de la conciencia. De ahí que su función sea distinta de la representada en el pensamiento moderno por el fenomenalismo espiritualista de Berkeley y por el criticismo de Kant.
Aunque Descartes tiene de común con estos autores el participar de los supuestos del idealismo moderno, se distingue de ellos en que admite a la vez no pocos supuestos realistas. En todo caso, Rene Descartes aspira a salir lo antes posible del fenómeno o de la conciencia con el fin de encontrar una realidad que le garantice la existencia de las realidades.
Ello tiene lugar por medio del indicado paso a la demostración de la existencia de Dios. Sólo Dios puede garantizar la coincidencia entre semejantes evidencias y sus existencias correspondientes. Como demostración principal usa Descartes el argumento ontológico, pero le da un sentido distinto al deducir la existencia de Dios de su idea como ser infinito en el seno de la conciencia finita. Sólo porque una naturaleza infinita existe puede poner su idea en una naturaleza finita que la piensa.
Así, esta demostración es superación del solipsismo de la conciencia y paso al reconocimiento de la realidad y consistencia de las objetividades.
Busca y hallazgo del método (y de sus reglas), proceso metódico de la duda, evidencia del Cogito y demostración de la existencia de Dios son cuatro elementos fundamentales de la filosofía cartesiana. Lo que religa a estos elementos es el esfuerzo por encontrar proposiciones apodícticas y que sean a la vez explicativas de lo real. La razón en la que Descartes ha comenzado por “encerrarse” no es, en efecto, una razón puramente formal.
O, si esta razón es formal, lo es en un sentido más parecido a como lo son las razones de la matemática, en las cuales hay invención y descubrimiento y no sólo ordenación o pura “dialéctica”. La razón cartesiana puede ser considerada, además, como intuitiva, en el sentido de que parte de intuiciones para desembocar en intuiciones, en una cadena que tiene que ser perfectamente transparente. Ahora bien, la filosofía de Descartes no queda detenida en el paso de la prueba de la existencia del yo como yo pensante a la prueba de Dios como ser infinito capaz de garantizar al yo pensante las verdades, y en particular las verdades eternas. El yo se aprehende a sí mismo como naturaleza pensante, y aprehende a Dios como alguien que “concurre conmigo para formar los actos de mi voluntad, pero Descartes estima que debe considerarse si hay también cosas externas.
Esta consideración se hace, por lo pronto, al hilo de la idea clara y distinta de lo externo. Esta idea lleva a considerar otra substancia, también clara y transparente, la substancia corporal en cuanto substancia extensa.
La distinción entre substancia pensante y substancia extensa es absolutamente clara justamente porque cada una se define por la exclusión de la otra: lo pensante no es extenso; lo extenso, no piensa. La extensión no es esencial al yo pensante; el pensamiento no es esencial a la realidad extensa. Así se forman dos substancias separadas y claramente definidas, en tanto que podamos decir que son propiamente substancias, ya que, en alguna medida, sólo Dios es substancia. La consecuencia de ello es un dualismo (y, según algunos autores, si tenemos presente a Dios, un “trialismo”).
Consideremos ahora solamente el dualismo citado. Éste planteó a Descartes muy agudos problemas, en particular al hilo de la famosa cuestión de la relación entre alma y cuerpo como relación entre substancias. Una parte considerable del pensamiento racionalista postcartesiano (Malebranche, ocasionalistas, Spinoza, Leibniz) se ocupó de esta cuestión, dándole muy diversas soluciones. Pero sería erróneo creer que hay en el pensamiento de Descartes sólo una metafísica: la separación de las dos substancias, aunque metafísicamente enojosa, le parece a Descartes científicamente fecunda.
Ella es, en todo caso, el fundamento de la doctrina del hombre (de la “psicología”) y de la doctrina del mundo (de la física).

Física

De la física cartesiana habría mucho que hablar. Pueden encontrarse en varias partes de su obra —especialmente en los Principios de filosofía— elementos que permiten concluir que Descartes no fue tan extremado como pareció en su concepción de las realidades físicas como puras substancias extensas; la cuestión de las fuerzas que se manifiestan en los cuerpos es para Descartes, como para todos los físicos, una cuestión capital.
Pero grosso modo puede decirse que la física cartesiana aparece bajo la forma de una estática dominada por el sistema de las relaciones espaciales. Las cualidades y las supuestas fuerzas ínsitas en la naturaleza de los cuerpos son eliminadas; de otra suerte no podría entenderse racionalmente la substancia extensa.
Ello equivale en gran parte a considerar la física desde el punto de vista de la geometría. Equivale también a adoptar lo que se ha llamado luego “el método del análisis reductivo”, por lo menos dentro de cada uno de los tipos fundamentales de substancia.
Es curioso advertir que aun cuando Descartes se opuso tenazmente en su física a las teorías escolásticas, por considerar que tales teorías se fundaban en ciertas supuestas “virtudes” de los cuerpos, de las que se procedía a derivar racionalmente sus propiedades, su propia física es en muchos puntos no menos metafísica que la de los escolásticos. En efecto, Descartes intenta derivar ciertas teorías físicas —por ejemplo, su idea de la materia como un complejo de “torbellinos”— de las propiedades racionales de la materia como substancia extensa.

Psicología

La “psicología” de Descartes no sigue enteramente las líneas de la racionalización geometrizante que opera en la física. Por un lado, hay en las ideas psicológicas de Descartes mucha más descripción que deducción racional. Por otro lado, Descartes tiene conciencia de que aunque todas las operaciones psíquicas son cogitaciones, lo único común a éstas es su carácter intencional. Los fenómenos de la voluntad, por ejemplo, no se reducen fácilmente a los de la inteligencia. Ahora bien, aun así, Descartes trata de encontrar en su “psicología” un método basado en la claridad y la distinción. Por eso cada una de las variedades de los modos psíquicos tiene que ser deducida de la propia esencia de este modo. Así, Descartes define las pasiones como “reacciones”. Las principales “reacciones” son la admiración, el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza. La voluntad es la facultad de juzgar o abstenerse de juzgar, de asentir o negar el juicio. Esta voluntad es infinita y completamente libre de dar o no su adhesión, pues el entendimiento muestra simplemente a la voluntad lo que debe elegir. La infinitud de la voluntad se contrapone a la finitud del entendimiento: el error radica no sólo en la adhesión a las representaciones confusas y oscuras, sino en el acto volitivo que sobrepasa el carácter limitado del entendimiento.

Consecuencias y conclusiones

Pero los supuestos de la filosofía cartesiana no quedan agotados tampoco en la tendencia a la reducción de lo complejo a lo simple. Hay en ella la idea de que es posible reconstruir el universo entero a base de elementos simples; hay la seguridad de que se ha alcanzado por vez primera una seguridad intelectual completa; hay la confianza en que todo hombre, por el mero hecho de serlo, puede llegar al conocimiento siempre que utilice el método conveniente.
Lo que importa para la verdad es, pues, menos la penetración espiritual que el adecuado uso del método. Hay, finalmente, el supuesto de una ordenación de la Naturaleza o, más aun, de una ordenación según ley matemática, pues el método se contrapone continuamente a la suerte. Por eso el método es como la clave de un lenguaje. Y por eso la filosofía de Descartes es casi el “programa” de la época moderna, cuando menos en tanto que exploración de las posibilidades de la razón.

Interpretaciones

La filosofía de Descartes ha sido objeto de numerosas interpretaciones.
Mencionaremos sólo tres grupos de teorías sobre tres puntos estimados centrales.
Uno de estos grupos de teorías se refiere a un aspecto sociológico-histórico: se trata de saber si hay que interpretar siempre de modo más o menos literal lo que Descartes ha escrito o de si hay que considerar a Descartes como un “filósofo enmascarado”, que oculta su verdadero pensamiento (Larvatus prodeo) por miedo a las consecuencias que su manifestación podría acarrear. La interpretación de los escritos de Descartes como expresión del pensamiento auténtico del filósofo es no sólo la tradicional, sino también la aceptada hoy generalmente por todos los expositores del cartesianismo. La interpretación de Descartes como “filósofo enmascarado” ha sido propuesta por M. Leroy.
Otro de estos grupos afecta al interés predominante de Descartes. Para algunos, el único interés del filósofo consistió en dar un fundamento filosófico a la nueva ciencia natural, o inclusive desarrollar pura y simplemente esta última. Para otros (como Léon Blanchet), Descartes pretendió hacer lo mismo que la Iglesia católica ha intentado frecuentemente: establecer un equilibrio entre teología y filosofía, y entre revelación y razón.
Para otros (Cassirer), Descartes se interesaba como filósofo teórico por la fundamentación filosófica de la nueva ciencia y como hombre por la obtención de la pax fidei. Para otros (H. Gouhier), puede distinguirse entre Descartes y el cartesianismo y atribuir a cada uno de ellos no intereses opuestos, pero sí una cierta acentuación de tales intereses en un sentido o en otro.
Otro de estos grupos, finalmente, toca a la estructura de la obra filosófica de Descartes y a la función desempeñada por ella por ciertas afirmaciones (tales, el Cogito ergo sum).
Para algunos (M. Guéroult), Descartes fue ante todo un razonador, cuya filosofía siguió un estricto “orden de razones”; para otros (F. Alquié), Descartes concibió las verdades fundamentales como “experiencias ontológicas”.[16]

Citas o Frases Célebres

Este es un pequeño listado de citas o frases célebres atribuidas al ilustre fundador del racionalismo:

Pienso, luego existo

No basta con tener una buena mente, lo principal es usarla bien

Dividir cada dificultad en tantas partes como sea posible y necesario para resolverlo

Un estado es gobernado mejor si tiene pocas leyes y estas son observadas rigurosamente.

Si quieres ser un buscador de la verdad real, es necesario que por lo menos una vez en la vida usted dude,en la medida de lo posible, de todas las cosas.

[1] La Haye, Touraine.
[2] Consejero del parlamento de Bretaña, que debe pasar varias temporadas del año en el ejercicio de su cargo, en Reenes.
[3] Quien murió en su siguiente parto, en 1597.
[4] Junto con sus dos hermanos mayores. Esta abuela habría de morir cuando Descartes tenga 14 años.
[5] La Escuela Real, fundada hacía dos años por Enrique IV.
Los primeros cinco años del programa se guiaron por los ideales del humanismo renacentista, y, por tanto, se dedicaron a estudiar latín, griego y literatura clásica (sobre todo latín y las obras de Cicerón). Los últimos tres años fueron dedicados a la enseñanza en numerosos temas, entre ellos:
1-) Filosofía aristotélica-Tomista, incluyendo dialéctica (El Organon de Aristóteles), la filosofía natural (Física de Aristóteles; De los Cielos [De caelo], y De la Generación y la Corrupción [De generatione et corruptione], libro I);
2-) Matemáticas (aritmética, geometría, y temas de matemáticas aplicadas, como la astronomía);
3-) Metafísica (Aristóteles, De la generación y la corrupción, libro II; Del alma [De anima], y Metafísica);
4- ) La filosofía moral (Aristóteles, Ética a Nicómaco y los trabajos de casuística jesuita).
Era una almagamar interesante, tratando de conciliar el punto de vista de Aristóteles y el cristianismo de Tomás de Aquino, habiendo incompatibilidades notorias como por ejemplo la inmortalidad del alma.
Así mismo en la Flèche podemos reseñar que los profesores utilizan los textos del Matemático jesuita Christopher Clavius (1538-1612), quien sostuvo que las matemáticas fue superior a las otras presuntas ciencias, por cuanto eliminaba la duda, en tanto las llamadas ciencias demostraban su incertidumbre por no poder hallar conciliación o consenso. En ese momento, los colegios jesuitas dominaban la educación secundaria en Francia y tuvieron una inmensa influencia en la formación de una generación de líderes en la política, la filosofía, y la religión. Su principal misión era combatir la herejía protestante.
Dichos colegios jesuitas requerían la inmersión total en su programa educativo, marginando inclusive a los parientes de los estudiantes y permitiendo muy poco contacto de los mismos con el mundo exterior.
[6] Aduciendo que le había generado muchas dudas antes que certidumbres útiles para la vida, haciéndole ser consciente de su verdadera ignorancia. De todas formas, opinaba Descartes, que había recibido la mejor educación posible, dadas las circunstancias y termina recomendando esta clase de establecimientos.
[7] Definitivamente la vida militar era más atractiva que una carrera judicial, puesto que le permitiría viajar y conocer mundo, así como verificar la aplicación práctica de las teorías científicas. Efectivamente el príncipe de Orange alentó la investigación científica y empleó a uno de los principales científicos de los Países Bajos, Simon Stevin, para supervisar su ejército en materia de educación en tecnología militar.
Stevin, entre sus logros científicos poseía una refutación experimental (anticipando el trabajo de Galileo Galilei) de que los cuerpos pesados caen más rápido que los livianos, entre otros hallazgos.
[8] Según menciona Gaukroger, 1995, página 69.
[9] Dicho sujeto pensaba, por ejemplo, que la caída de un cuerpo libremente en el vacío, aceleraría de manera uniforme (Aunque ya desde 1604 Galileo había deducido la ley que gobierna la caída libre-la velocidad de la caída del cuerpo es proporcional a la duración del cuerpo de la caída-, solo hasta 1638 habría de publicar sus hallazgos).
[10] El último de los cuales parece ser decisivo para el derrotero filosófico tomado por Descartes: En ese sueño Descartes encontró dos libros sobre una mesa. Uno es descrito como un diccionario (una suerte de Enciclopedia), y el otro era una antología poética. Cuando abrió la antología, se encontró una poema de Ausonio Decimus Magnus (c. 310-395) que se abre con la frase “¿Quod vitae sectabor iter?” (“¿Qué camino voy a seguir en la vida? “)
[11] Todo parece indicar que es en ese año que empieza a trabajar en su inconcluso tratado sobre metodología, Reglas para la dirección de la mente. Este trabajo estaría dividido en tres partes, constando cada parte de doce reglas o normas, pero solo terminó la primera parte completa y una porción de la segunda.
[12] Realmente vende la propiedad que le había heredado su madre Jeanne.
[13] Cuando Descartes regresó a París en 1625, se encontró una polémica escena intelectual. No sólo eran hombres como Mersenne preocupado por la amenaza de Pirronismo; París también ha visto el juicio de Théophile de Viau, un poeta protestante en cuyos escritos figuraban sugerencias del atomismo de Lucrecio, una celebración de la sensualidad, y la promoción del libre pensamiento.
Sólo unos años antes, Giulio Cesare Vanini había sido quemado en Toulouse por la difusión de doctrinas al parecer materialistas. “Libertinos”, como estos y otros fueron llamados librepensadores, fueron acusados de
escandalizar y corromper con sus opiniones religiosas, así como de llevar una vida hedonista -la consecuencia natural de su negación (o el escepticismo acerca de) del más allá-.
Uno de los proyectos de la Mersenne en este período fue un prolongado ataque a los religiosos heterodoxos, L’impiété des déistes, athées et libertins de ce temps (La impiedad de los Deístas, Ateos, Libertinos de nuestro tiempo [1624]). Usando, sin duda, un criterio muy generoso para el ateísmo, Mersenne estima que en París había entonces en menos 50.000 ateos (la población de la ciudad en su conjunto el momento es sólo alrededor de 300.000).
Haya sido o no la amenaza tan grave como Mersenne pensaba, provocó una respuesta que trató de reprimir cualquier tipo de heterodoxia. En 1624 tres hombres intentaron celebrar un debate público desafiando diversas tesis de la filosofía natural aristotélica. El debate convocó no menos de ochocientas personas, pero la Facultad de Teología de la Sorbona impidió su realización. Los hombres fueron desterrados de París bajo pena de muerte; el parlamento prohibió la enseñanza o tesis “Contrariamente a la antigua aprobado autores, y de la celebración de cualquier debate público que no sean los aprobados por los doctores de la Facultad de Teología “(Gaukroger de 1995, p. 136). La pena por violar este edicto era la muerte.
Descartes no parece, en esta etapa de su vida, haber participado en estos enfrentamientos culturales. Sus principales preocupaciones, al parecer, estaban con la solución de problemas geométricos en óptica y reanudar el trabajo en las reglas para la dirección de la mente (Regulae). Por ese tiempo, en París, descubrió la ley de refracción conocido como ley de Snell: Cuando la luz pasa de un medio a otro, la condición del ángulo de incidencia es proporcional al seno del ángulo de refracción. (Aunque Willebrord Snell descubrió esta ley antes de Descartes, del descubrimiento de Descartes fue independiente de Snell.) El conocimiento de esta ley era necesario para resolver un problema práctico de óptica, que era encontrar la curva anaclástica, la forma que la superficie de una lente debe tener para recoger los rayos paralelos de luz en un solo foco. Este conocimiento era necesario para diseñar un telescopio que proporcionara una imagen más clara que los telescopios de sus contemporáneos. Cuando Descartes estaba haciendo este trabajo, el telescopio era una invención reciente, sólo se remontaba a sus años en La Flèche. Descartes estaba muy entusiasmados con el potencial del nuevo instrumento científico para ampliar nuestros conocimientos de la naturaleza.
En su tratado sobre Óptica, publicado en 1637 junto con Discurso en Método, Descartes trató de explicar la ley de Snell micro-mecánicamente, en términos de la tendencia al movimiento de las partículas involucradas en la transmisión de rayos de luz y las leyes mismas del movimiento. También propuso una solución al problema de la curva de anaclástica: que los lentes deben tener una forma hiperbólica. Sus nuevos estudios en
óptica también tuvieron un impacto en su revisión de las Regulae, que le proporcionaron un ejemplo de la utilización de este método ampliando su rango inclusive a las matemáticas y a la física.
[14] Miembro de la orden de Minims, domiciliado en un convento de París, que comparte su interés por las matemáticas y su filosofía mecánica.
[15] Hacia el final del año, Descartes asiste a una reunión en casa del nuncio papal, a la que asistieron muchos intelectuales de París. El orador fue un químico y alquimista llamado Chandoux, que atacó la filosofía natural aristotélica como carente de una base adecuada para la química y, aparentemente, propuso un enfoque mecánico en su lugar. Contrariamente a lo que podríamos haber esperado sobre la prohibición de críticas respecto a Aristóteles en 1624, la mayoría de los presentes, que incluían Mersenne y el cardenal Pierre de Berulle, acogieron el discurso de la Chandoux. Descartes no lo hizo. Bérulle observando que Rene Descartes no comparte el entusiasmo del grupo, pregunta educadamente porqué. Descartes se dedica entonces a criticar su método y a sugerir pautas de su sistema para llegar a la verdad, evitando así falsas suposiciones.

[16] Bibliografía consultada:
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