Que es mercado

Intentemos definir que es mercado  y hasta donde llegan las implicaciones de su significado en varios renglones de la vida, para lo cual usaré como texto base un viejo post eliminado.¿Que es mercado?

Pudiera ser en primera instancia un encuentro entre comerciantes y particulares con fines de intercambio, el lugar de encuentro entre la oferta y la demanda. Otra posibilidad de definición pudiera ser: Mercado es una institución social en la cual los bienes y servicios, así como los factores productivos, se intercambian libremente.El intercambio es indirecto debido a la existencia del dinero. Esto nos permite identificar en un mercado dos variables: compradores y vendedores.Allí, debemos llegar a acuerdos, entre ellos, el del precio del bien o servicio.
Mercado es la comunicación entre compradores y vendedores; es un intercambio de productos por medio de dinero.[1]

Mercado es el lugar o conjunto de lugares donde los compradores y los vendedores, compran y venden bienes, servicios y recursos. Por cada producto o servicio o recurso que se venda o se compre en la economía, hay un mercado.[2]
Mercado (del lat. «mercätus»)
1 m. Reunión de gente en cierto sitio para comprar y vender; por ejemplo, ganado. ¤ Solían celebrarse en las poblaciones en fechas señaladas y, aunque han perdido importancia, todavía se conserva la costumbre en muchos sitios y tienen alguna importancia los de ganado de ciertas ciudades. ¤ Lugar o edificio público destinado permanentemente a la actividad de comprar y vender. ¤ Se aplica específicamente a los edificios consistentes en una nave cubierta en cuyo interior hay puestos dedicados a la venta de toda clase de artículos; especialmente, comestibles frescos, como verduras, frutas, carnes y pescados.
2 (n. calif.) País en que es muy activo el *comercio de cierta mercancía que se especifica.
3 Actividad de compra y venta de determinada cosa: ‘Las oscilaciones del mercado de valores’.
4 Evolución de la oferta y la demanda en una cierta actividad: ‘El mercado de pisos de alquiler’.
5 Conjunto de consumidores potenciales de un producto o servicio.
Mercado de abastos. ­Mercado donde están centralizadas las ventas al por mayor de productos alimenticios. Ô Plaza de abastos.
M. común. ­Asociación económica entre dos o más países que supone, entre otras cosas, la desaparición de las aduanas.
M. de futuros. ­Economía. Mercado en que se negocia con futuros: ‘El mercado de futuros del cobre [o de los seguros]’.
M. negro. ­Actividad de compra y venta clandestina de artículos que, por estar tasados, por estar prohibida su venta o su importación, etc., no se pueden adquirir en el mercado legal. Þ *Comercio.
M. de trabajo. ­El de la oferta y demanda de empleo.
M. de valores. ­Economía. Mercado en que se negocia con valores. ¤ Economía. Bolsa, lugar donde se compran y venden valores.
Catálogo
Alasita, alhóndiga, almotacenía, almudena, almudí, autoservicio, azoche, azogue, azoguejo, baratillo, barraca, basílica, bazar, bolsa, cuatropea, emporio, encante, feria, feria de muestras, galería [de alimentación o comercial], gato, hipermercado [o híper], lóndiga, lonja, mercadillo, perneo, plaza, plaza de abastos, quintana, rastrillo, rastro, real, recova, rodeo, rula, supermercado [o súper], teso, tiánguez [o tianguis], valentía, zacatín, zoco. Ó *Puesto, tenderete. Ó Alcaide, *almotacén, asentador. Ó Merchaniego. Ó Puerto franco. Ó *Comercio. *Tienda.[3]
También mercado puede ser un lugar donde se ofrecen productos a la venta con una periodicidad determinada, funcionando según protocolos basados en la costumbre. Actualmente debido al auge de las comunicaciones se puede hablar de la existencia de un mercado sin referirnos a un lugar físico.

Tipos de mercado.
Podemos hablar de los siguientes tipos de mercado:
Mercados de producto, que está formado por todos los compradores y vendedores de ese producto referido.
Mercado de factores, formado por quienes desean vender o alquilar los recursos de producción que poseen y quienes a su vez desean comprar o rentar dichos recursos.
Mercados transparentes, cuando hay un solo punto de equilibrio.

Mercados opacos, cuando por la falta de información mutua pueden existir múltiples puntos de equilibrio.
Mercados libres (diferente a mercados gratis), sometidos al libre juego de la oferta y la demanda.
Mercados intervenidos, cuando agentes externos, como las autoridades económicas intervienen para regular su funcionamiento.
Mercado competitivo, cuando por la existencia de muchos vendedores y compradores, nadie por sus propios medios puede manipular o imponer el precio.
Mercado de competencia imperfecta, cuando sucede la situación inversa al ítem anterior, es decir que hay pocos vendedores y por tanto pueden manipular el mercado y el precio como tal.
Mercados financieros, donde se intercambian activos líquidos como los mercados de valores y mercados de bonos.
Mercados de divisas o Forex, donde se cambia una moneda por otra y se especula sobre la tasa de cambio.

[1] Ospina Norato Edinson. Fundamentos de Economía. UNAD ,Santafé de Bogotá 1998.
[2] SALVATORE Dominick. Teoría y Problemas de microeconomía. Libros McGraw-Hill de México S.A., De C.V, 1988
[3] MOLINER MARIA. Diccionario de Uso Español. Edición electrónica. Versión 2.0. Editorial Gredos 2001, Madrid.

Fiebre amarilla

La fiebre amarilla es una enfermedad hemorrágica aguda viral y se le llama específicamente amarilla por los síntomas de ictericia que adquieren los pacientes, es decir que se ponen de ese color. Generalmente se encuentra en las zonas tropicales de África y América del Sur pero no en Asia. Son anfitriones de los virus varias especies de primates y zancudos. Se admite como posible origen África, para este enfermedad, desde donde se introdujo en América del Sur durante el comercio de esclavos en los siglos 16 y 17. Para el siglo 19 y por los estragos causados, la fiebre amarilla era considerada una enfermedad muy peligrosa e infecciosa.

Etiología y epidemiología
“La fiebre amarilla puede adoptar dos formas. En la fiebre amarilla urbana, el virus es transmitido por la picadura de un mosquito Aedes aegypti infectado 2 semanas antes al alimentarse en un paciente virémico. En la fiebre amarilla de la jungla (selvática), el virus es transmitido por mosquitos Haemagogus y otros mosquitos de zonas boscosas, que adquieren el virus desde primates salvajes. La fiebre amarilla es endémica en África Central y en áreas de América del Sur y América Central.
Síntomas y signos
Los casos se clasifican en inaparentes (fiebre y cefalea durante £48 h), leves, moderadamente graves y malignos. El período de incubación dura de 3 a 6 d. Suelen faltar los síntomas prodrómicos. El comienzo es súbito, con fiebre de 39 a 40 ºC. El pulso, generalmente rápido al principio, se hace lento en relación con la fiebre hacia el segundo día (signo de Faget). La cara aparece enrojecida y los ojos inyectados; los márgenes de la lengua están rojos, con saburra en la parte central. Los síntomas habituales incluyen náuseas, vómitos, estreñimiento, cefalea, dolores musculares (sobre todo en cuello, espalda y piernas), postración intensa, inquietud e irritabilidad. En los casos leves la enfermedad termina con esta fase, al cabo de 1 a 3 d. En los casos moderadamente graves y malignos, la fiebre cae de forma súbita entre 2 y 5 d después del comienzo, y sigue una remisión de varias horas o días. A continuación reaparece la fiebre, pero el pulso permanece lento. Se observa la tríada característica de ictericia, albuminuria intensa e hipersensibilidad epigástrica. Puede haber oliguria o anuria y resultan comunes las petequias y las hemorragias en las mucosas. El paciente aparece confuso y apático. En la fase terminal de los casos malignos se produce delirio, convulsiones y coma. La enfermedad moderadamente grave puede durar entre 3 d y más de 1 semana; la convalecencia suele ser breve, excepto en los casos más graves. No se han descrito secuelas.
Diagnóstico
El 90% de los pacientes presentan albuminuria, de modo habitual al tercer día, que puede llegar a los 20 g/l en los casos graves. El recuento de leucocitos, usualmente bajo, disminuye hasta 1.500 a 2.500/ml hacia el quinto día; es posible la presencia de leucocitosis en la fase terminal. La hemorragia se debe a múltiples causas: disminución de la síntesis de factores de la coagulación dependientes de la vitamina K por afectación hepática, coagulación intravascular diseminada y alteración de la función plaquetaria. Son comunes la trombocitopenia y la prolongación de los tiempos de coagulación y de protrombina. En los casos menos agudos pueden faltar algunas de estas anomalías de laboratorio. Aumentan algo los niveles séricos de bilirrubina.
El diagnóstico se confirma por aislamiento del virus en sangre, aumento del título de anticuerpos o hallazgo en la autopsia de la característica necrosis hepatocelular de la zona central de los lobulillos. La biopsia hepática por punción está contraindicada durante la enfermedad, dado el riesgo de hemorragia.
Pronóstico y profilaxis
Hasta el 10% de los pacientes diagnosticados sólo por la clínica fallecen, pero la mortalidad global es en realidad más baja, puesto que muchas infecciones leves o inaparentes no se diagnostican.
La inmunización activa con vacuna de virus vivos atenuados de la cepa 17D (0,5 ml s.c. cada 10 años) previene con eficacia las epidemias y los casos esporádicos. En Estados Unidos, la vacuna sólo se suministra a los Yellow Fever Vaccination Centers autorizados por el U. S. Public Health Service. Las exigencias de vacunación varían en los distintos países; se pueden solicitar información actual y direcciones de centros de vacunación a los departamentos de sanidad locales.
Para prevenir la difusión por mosquitos, los pacientes deben ser aislados en habitaciones bien protegidas, en las que se pulverizarán insecticidas de acción persistente. Puesto que la infección se puede transmitir por accidentes de laboratorio, el personal del hospital y del laboratorio debe tener cuidado para evitar la autoinoculación de sangre de los pacientes.
La erradicación de la fiebre amarilla urbana exige control general de los mosquitos y vacunación masiva. Durante las epidemias de fiebre amarilla selvática, se deben suspender los trabajos en la zona hasta que se consiga la vacunación y el control de los mosquitos.
Tratamiento
El tratamiento de soporte se dirige al alivio de los síntomas principales. Tienen importancia el reposo completo en cama y la atención de enfermería. Es imprescindible la corrección de los desequilibrios hidroelectrolíticos
La tendencia hemorrágica se debe tratar con gluconato cálcico, 1 g i.v. diario o dos veces al día, o con fitonadiona (v. Deficiencia de vitamina K) Pueden ser necesarias transfusiones. La administración de heparina se debe considerar en casos con coagulación intravascular diseminada (v. Trastornos adquiridos de la coagulación. Las náuseas y los vómitos se pueden aliviar con dimenhidrinato, 50 a 100 mg v.o. o 50 mg i.m. cada 4 a 6 h, o con proclorperacina, 5 a 10 mg v.o., parenteral o rectal cada 4 a 6 h. La fiebre se puede disminuir con esponjas de agua templada. La aspirina está contraindicada debido a su efecto antiplaquetario”.[1]
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[1] Tomado de la DÉCIMA EDICIÓN ESPAÑOLA EL MANUAL MERCK DE DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO, Harcourt Madrid, 1999

Que es economia

Se han preguntado alguna vez ¿Que es economía? ¿para que puede servir? Intentemos saberlo .

La economía tiene que ver con la necesidad de elegir, la satisfacción de las necesidades de los individuos y de la sociedad. Etimológicamente el término proviene del griego que significa “el que administra un hogar o familia”.Un primer intento de definición de economía nos dice que: “La economía es la «ciencia que estudia las relaciones sociales que se dan en los procesos de producción, distribución y consumo ecuánime de un producto social, para que la humanidad viva en paz.»
Su razón de ser estriba en la escasez, en la limitación de recursos; por eso se exige producir, debido a la escasez. No todos tiene lo que desean.
Los objetivos de la economía pueden ser entonces, tratar que los recursos, que son escasos, sean lo suficientemente abundantes para satisfacer equitativamente las necesidades humanas. Esto se logra trabajando y haciendo que coincidan la oferta y la demanda. Pero debe propender por un alto nivel de empleo, porque no haya inflación; que los recursos sean tratados eficientemente y que el ingreso obtenido sea equitativo.”. Otra definición nos dirá la siguiente: “La economía estudia cómo las sociedades administran los recursos para producir bienes y servicios, y distribuirlos entre los distintos individuos.”
Para su estudio la economía tiene dos enfoques que a su vez son dos ramas de estudio: La microeconomía y la macroeconomía.
¿Que es la macroeconomía? Macroeconomía «es el estudio del comportamiento económico colectivo. En ella analizamos las determinantes principales del nivel de ingresos, nivel general de precios, e incremento del ingreso.». Según el Drae: Estudio de los sistemas económicos de una nación, región, etc., como un conjunto, empleando magnitudes colectivas o globales, como la renta nacional, las inversiones, exportaciones e importaciones, etc. Ú. en contraposición a microeconomía.
Analiza la macroeconomía comportamientos agregados o globales y se ocupa de temas como empleo, inflación o producto interno bruto.
¿Que es microeconomía? Es una parte de la economía que estudia el comportamiento de las unidades decisorias individuales, como son los consumidores, los propietarios de los recursos y las sociedades comerciales en una economía de libre empresa.
A la microeconomía se le llama también teoría microeconómica o teoría de los precios. Otra definición de micro economía nos dice que es la ciencia encargada de estudiar los comportamientos básicos de los agentes económicos individuales.Estudia el modo en que toman las decisiones hogares y empresas y la forma en que interactúan.

En este proceso de entender la economía es crucial entender las etapas por las que ha pasado hasta el momento la misma, y que tienen que ver con el desarrollo de la misma sociedad:
-) Economía de antigua o de subsistencia:A duras penas el agro daba para mal comer.
-)Revolución industrial: vuelve al agricultura un negocio y deja de ser de mera subsistencia; el crecimiento económico ahora es jalonado por la minería, la construcción y la manufactura; el comercio se desarrolla a profundidad, pues es preciso mejorar el intercambio y la distribución de productos entre toda la comunidad.
-)Economía moderna o sociedad de consumo: los grandes protagonistas de este estadio de la economía son los servicios, las finanzas y la tecnología.

Economía positiva: Se dedica a establecer proposiciones del tipo “si se dan tales circunstancias, entonces tendrán lugar tales acontecimientos”.
Economía normativa: Se refiere a los principios éticos y normas de justicia que rigen el quehacer económico de los implicados.
Economía positiva: Se ocupa de ofrecer explicaciones objetivas sobre el funcionamiento de la economía.

Bibliografia base
OSPINA Norato Edinson. FUNDAMENTOS DE ECONOMIA. Editorial Unad (Universidad Nacional abierta y a Distancia) 1998, Santafé de Bogotá D.C
DIULIO Eugene A. Teoria y problemas de Macroeconomía. Serie de compendios Schaum. Libros McGraw-Hill de México, S.A. de C.V., 1986.
Mochon & Baker. Economía, principios y aplicaciones, cuarta edición, McGraw-Hill, 2008.
Salvatore Dominick. Teoría y problemas de Microeconomía. Segunda Edición, Libros MacGraw Hill de México S. A., DE C.V., 1988.

Ver también: Keynes y el estado de bienestar , jugando con forex , Adam Smith

Revolucion

¿Que es revolución? ¿Que implica la palabra en sus acepciones diversas? Ese es el tema de nuestro artículo.

La palabra revolución ha tenido muchos significados a lo largo del tiempo. Podríamos decir que actualmente la «revolución se diferencia de cualquier otro cambio social en que, además de usar la violencia para alterar el orden político, introduce una fase de transformación radical mucho más trascendente que da inicio a otra era»[1].
Los orígenes del sustantivo revolución, lo inquirimos en la obra del astrónomo ilustre Nicolás Copérnico, más exactamente en su obra “De revolutionibus orbium celestium”[2], hablando de un movimiento rotatorio natural de las estrellas, como quien dice hablando de los ciclos tradicionales de un astro en torno a su órbita. Esto inspiraría el concepto natural de los ciclos políticos.
Cuando la Revolución inglesa de 1688, se refería la revolución entonces a la restauración de un orden político justo violado por un tirano. Lo mismo se aplica a la revolución americana de 1776. Fue cuando la Revolución francesa que la revolución connotó la ruptura de todo un sistema de organización tradicional y su reemplazo por uno radicalmente nuevo. Dicha revolución fue burguesa en sus orígenes y en sus resultados. Se concluye que lo revolucionario no era tanto el quiebre violento de un orden social y político[3] sino la mentalidad que lo hacía posible, eso que se ha dado en llamar modernidad y que nos incita a organizarnos de espaldas al pasado y con horizontes futuros.Pero las anteriores no han sido las únicas revoluciones importantes en la historia de la humanidad. La más antigua registrada es la llamada revolución del neolítico, también la llamada revolución sexual, la revolución científica (que en realidad fueron cuatro revoluciones), la revolución industrial, la revolución Rusa, la revolución de la información y la revolución islámica (entre otras muchas).
[1] Vallespín Fernando. Cómo cambia el mundo. En Revista Muy historia No 11/ 2007, G y J España Ediciones, Madrid.
[2] Revolución de las órbitas celestiales.
[3] «A su vez, Capitant, con evidente exactitud, dice que es el movimiento popular de cierta amplitud que tiene por objeto derribar por la fuerza a los gobernantes de un Estado y cambiar la organización política de éste sin observar las formas legales preestablecidas.
Es decir que lo que caracteriza la revolución no es el derrocamiento de los gobernantes, porque ella podría no pasar de un golpe de Estado (v.), sino el cambio de la estructura fundamental de la organización política de la nación, como sería convertir una monarquía en república o viceversa, una autocracia en una democracia, un régimen federal en uno unitario, etc. Lo esencial de la revolución es su carácter popular y por eso, cuando triunfa, abre una nueva legalidad, contrariamente a lo que sucede con el golpe de Estado, que casi siempre, por no decir siempre, tiene carácter militar y por eso, por no significar una revolución popular, es, aun triunfante, irremisiblemente ilegal. Así lo demuestra la historia.» Ossorio, Manuel. Diccionario de ciencias jurídicas, políticas y sociales. Buenos Aires. AR. Heliasta.1999.

Acción

¿Que es acción? ¿cuales son los posibles alcances de esta palabra? ¿Sus connotaciones? El término provendría del latín que significaría acto de hacer o fabricar.

Acción.
Del lat. actio, -onis.
1. f. Ejercicio de una potencia.
2. Efecto de hacer.
3. Operación o impresión de cualquier agente en el paciente.
4. Postura, ademán.
5. En el orador, el cantante y el actor, conjunto de actitudes, movimientos y gestos determinados por el sentido de las palabras, y cuyo fin es hacer más eficaz la expresión de lo que se dice.
6. fam. Posibilidad o facultad de hacer alguna cosa, y especialmente de acometer o de defenderse. Ú. m. con los verbos coger, quitar, dejar, etc. Coger la ACCIÓN; dejar sin ACCIÓN.
7. En las obras narrativas, dramáticas y cinematográficas, sucesión de acaecimientos y peripecias que constituyen su argumento.
8. V. unidad de acción.
9. En la filmación de películas, voz con que se advierte a actores y técnicos que en aquel momento comienza una toma.
10. ant. acta.
11. Con influjo del neerl. aktie y del fr. action.
Com. Cada una de las partes en que se considera dividido el capital de una compañía anónima, y también, a veces, el que aportan los socios no colectivos a algunas comanditarias, que entonces se llaman comanditarias por acciones.
12. Con igual influjo que la acep. anterior.
Com. Título que acredita y representa el valor de cada una de aquellas partes.
13. Der. Derecho que se tiene a pedir alguna cosa en juicio.
14. Der. Modo legal de ejercitar el mismo derecho, pidiendo en justicia lo que es nuestro o se nos debe.
15. Fís. Magnitud que se define como producto de la energía absorbida durante un proceso, por la duración del mismo.
16. Mil. batalla.
17. Mil. Combate o pelea entre fuerzas poco numerosas.
18. Pint. Actitud o postura del modelo natural para dibujarlo o pintarlo.
de gracias.
1. Expresión o manifestación de agradecimiento.
de guerra.
1. Mil. acción, combate, batalla.
de jactancia.
1. Der. La que se utiliza demandando a la persona que se jacta de un derecho negado por el actor, para que sea condenada a ponerlo sub júdice en el término que se le señale.
de presencia.
1. Quím. catálisis.
directa.
1. Empleo de la violencia preconizado por algunos grupos sociales, bien con fines políticos, bien para conseguir ventajas económicas. Suele manifestarse en forma de huelgas, sabotajes, atentados terroristas, etc.
liberada.
1. Com. Aquella cuyo valor no se satisface pecuniariamente, porque está cubierto por cosas aportadas o servicios hechos a la sociedad, siendo igual en derechos y obligaciones a las acciones que representan el restante capital social.
mala acción.
1. Fechoría, mala pasada.
coger, o ganar, a alguien la acción.
1. fr. Anticiparse a sus intentos, impidiéndole realizarlos.[1]


Sinónimos de la palabra acción: acto, intervención, maniobra, conducta, lucha, gesta.
Antónimos de acción: Abstención, inercia.[2]
Pero no son las únicas acepciones del término. A nivel jurídico tenemos: Para Capitant, es el remedio jurídico por el cual una persona o el ministerio público piden a un tribunal la aplicación de la ley a un caso determinado.
Y para Couture es el poder jurídico que tiene todo sujeto de derecho, consistente en la facultad de acudir ante los órganos de la jurisdicción, exponiendo sus pretensiones y formulando la petición que afirma como correspondiente a su derecho.
Bien se advierte que la acción está referida a todas las jurisdicciones.
Pero también es: El derecho a obtener una sentencia justa (BULOW), es decir, el derecho a promover la acción de justicia a fin de obtener una resolución judicial conforme a derecho.[3]

En Derecho Procesal, acción:
La función jurisdiccional no puede desarrollarse sino a instancia de parte. La función jurisdiccional es, ciertamente, una obligación asumida por el Estado, cuando éste prohíbe el ejercicio del propio derecho a los interesados. Frente a esta obligación está el derecho de acción, como derecho a que el juez o Sala, a través de sus miembros, realice la función jurisdiccional.

Una inevitable pregunta, ante lo dicho, es ¿quién tiene ese derecho de acción? Ante esta pregunta, quiero decir que no tiene acción toda persona que actúe procesalmente. Para tener derecho de acción se han de dar determinados presupuestos y requisitos. Si no se dan se podrá actuar, se podrá, incluso, iniciar un proceso, pero ese mismo proceso servirá para declarar la falta de acción o el defectuoso ejercicio de ese derecho.

Los presupuestos y requisitos del ejercicio del derecho son los generales.

¿Quién aparece como obligado ante el ejercicio de este derecho? Sin duda ninguna, de lo dicho se desprende que el único obligado es el Estado. Es un derecho frente al Estado. El derecho de acción es el derecho a la jurisdicción, el derecho a la tutela jurisdiccional efectiva; el derecho a que la función jurisdiccional se realice…
Ante esta configuración del derecho de acción surge la inevitable pregunta relativa al contenido de ese derecho de acción.

En el sistema del Derecho romano acción y derecho subjetivo material eran una misma cosa, siendo prevalente la acción, visión monista que aún se mantiene en nuestro Ordenamiento positivo, aunque dando prevalencia al derecho subjetivo, del que una de las facultades es la acción, que se actualiza cuando se produce la violación.

Frente a esa concepción, hoy, la doctrina y la jurisprudencia parte de un concepto autónomo de derecho de acción. Ya no se entiende como facultad del derecho subjetivo material, sino como derecho independiente, con base en presupuestos y condiciones distintos a los del derecho subjetivo material.

Pero ¿en qué consiste ese derecho? La respuesta sin duda está en lo que, consista la jurisdicción, como obligación del Estado.

Partiendo de lo que se diga al hablar de jurisdicción, podremos afirmar que para los que consideran que ella consiste en la defensa de los intereses particulares, el derecho de acción será el derecho a obtener esa defensa, a obtener una sentencia favorable. Para los que, por el contrario, asumen como contenido de la jurisdicción la aplicación del derecho objetivo para la declaración del derecho incierto y para su realización forzosa posterior, el derecho de acción a es el derecho a esa aplicación del Derecho. Finalmente, para quienes la jurisdicción supone la aplicación del derecho objetivo, pero ante el planteamiento de una pretensión y resistencia de las partes, el derecho de acción consiste en el derecho a plantear una pretensión y a que el juez o Sala resuelva, estimando o desestimando, dicha pretensión así como la posible resistencia del demandado.

El derecho de acción no es un simple derecho de acceso al órgano jurisdiccional, ha dicho el Tribunal Constitucional en una interminable serie de sentencias, que obvia cualquier enumeración. El derecho de acción es algo más, es el derecho a una sentencia de fondo, fundada en derecho, sea o no favorable a la preten­sión civil o acusación penal planteada.

Aún para los partidarios del derecho de acción como derecho a obtener una sentencia favorable, en el ámbito penal la jurisdicción, la función jurisdiccional no puede consistir en la tutela de los derechos subjetivos del ofendido o perjudicado, pues el ius puniendi es del Estado, y sólo de él. Por eso se ha afirmado que el derecho de acción en este ámbito no puede ser el derecho a una sentencia favorable del ofendido o perjudicado, sino un simple ius ut procedeatur…que no consiste en un derecho a la realización de la actividad procesal, sino a un pronunciamiento motivado.

Sin embargo, cuando el juez o Sala da por terminado el proceso absolviendo en la instancia al demandado, es decir, no entra a resolver la cuestión objeto de debate por no darse los presupuestos procesales o por existir óbices procesales, ¿la resolución satisface o no el derecho de acción?

En estos supuestos, realmente, el juez o Sala no entra a conocer del objeto procesal porque el derecho de acción se ha ejercitado de forma indebida, y por ello, el Estado no se considera obligado a realizar la función fundamental de la jurisdicción, la de decidir o ejecutar. …Si los defectos en los presupuestos o requisitos legales son insubsanables, no se entrará a conocer del fondo, del objeto procesal, no se decidirá o ejecutará; no se dará respuesta a un ejercicio inadecuado del derecho de acción.[4]

Pero aun hay otra acepción digna de tener en cuenta:
ACCIÓN es la operación de un agente por medio de la cual se introducen modificaciones en una entidad distinta del agente. El agente puede ser concebido como una causa; al causarse algo se produce una acción.
También se llama “acción” —y asimismo “acto”— a la operación de una potencia.
Los escolásticos suelen oponer acción a pasión. “La acción de acuerdo con la primera imposición del nombre señala el origen del movimiento.
Pues del mismo modo que el movimiento, según se halla en el móvil de algo que se mueve, recibe el nombre de pasión, el origen de tal movimiento, en cuanto empieza en algo y termina en aquello que se mueve, es calificado de acción” (Santo Tomás, S. theol, I q. XLI a.l ad 2).
La noción de acción puede entenderse psicológica, física y metafísicamente (ontológicamente). Muchos filósofos han prestado atención a este último sentido y han derivado de él los restantes. Metafísicamente, la noción de acción es interpretada con frecuencia como designando un llegar a ser (fien) a diferencia del ser (me).
Si se proclama el primado del primero sobre el segundo puede hablarse de una filosofía basada en la acción a diferencia de una filosofía basada en el ser. Las llamadas “filosofías de la acción” son filosofías activistas y dinamicistas.
Puesto que para ellas la acción es el rasgo primario de la realidad, lo que no sea acción es considerado o como derivado de ella o como opuesto a ella. En muchos casos se contrapone la acción a la contemplación y se sostiene el primado de aquélla sobre ésta o viceversa. De un modo general puede decirse que mientras el pensamiento de corte “clásico” ha considerado el ser y la contemplación como primarios —tanto metafísica como psicológicamente—, el pensamiento “actual” —o una parte de él, que se reconoce heredera de ciertos aspectos del pensamiento moderno— se ha inclinado a concebir como primarios la acción y el movimiento en todas sus formas. Nos referiremos de inmediato a algunos ejemplos de estas diversas concepciones, pero conviene señalar que el contraste entre ser y acción, y ser y contemplación, no significa siempre que uno de los términos quede completamente eliminado. Es muy común, por ejemplo, en ciertos autores “tradicionales” estimar que la acción queda englobada en la contemplación, la cual permite llevar a sus máximas posibilidades toda forma de “acción”.
La distinción establecida por San Buenaventura entre la luz superior o luz de la gracia, la luz interior o del conocimiento filosófico, luz inferior o del conocimiento sensible y luz exterior o luz del arte mecánica (De reductione art. ad theol., § § 1-5) puede valer como ejemplo de la concepción clásica de la acción, donde ésta es, en el mejor caso, acción interna y, por lo tanto, concentración de la acción y de la contemplación en una realidad única. El predominio de la acción sobre la contemplación surge, en cambio, desde el momento en que se establece una separación entre ambas instancias, separación que conduce, en último término, a la absorción por la acción de todo propósito contemplativo.
Es el caso del idealismo alemán y también el de la formulación por Goethe de una tesis que como “La Acción era en un principio” parece estar destinada a sustituir al “Logos” como principio superior.
El predominio de la acción se ha transformado, sin embargo, en una explícita filosofía activista sólo cuando se ha logrado clara conciencia de las implicaciones que supone un trastorno como el mencionado. Así ha ocurrido sobre todo en el curso del siglo XIX y parte del XX con diversas doctrinas. Marxismo, historicismo, pragmatismo, afirmación de la voluntad de poder, suposición de que la acción resuelve los nudos forjados por la teoría, reducción del campo de aplicación de la inteligencia, voluntarismos de diversas especies: he aquí lo que puede considerarse como manifestaciones de la citada tendencia.
Lo mismo cabe decir de buena parte de las corrientes filosóficas contemporáneas, si bien en ellas la conciencia de las mencionadas implicaciones ha producido, a su vez, la aspiración a cerrar la brecha entre contemplación y acción sin por ello tener que regresar a fórmulas estimadas caducas. Es el caso de Maurice Blondel, cuya “filosofía de la acción” no es en ningún sentido un “predominio de la acción sobre la contemplación” tal como el que se ha puesto antes de relieve.
Blondel habla, en efecto, de la acción como de algo que comprende y abarca el pensamiento sin anularlo; la filosofía de la acción es, así, simultáneamente, una “crítica de la vida” y una “ciencia de la práctica”. De este modo distingue su filosofía de todo “activismo” pragmatista como el que ha sido defendido por James, Schiller o Dewey. El activismo pragmatista sacrifica la verdad a los efectos o resultados prácticos (bien que entre éstos haya que incluir también, como James precisó, los propiamente “mentales”); el activismo de Blondel hace de la verdad una visión directa del dinamismo en que todo ser consiste.
Así, Blondel propugna una “lógica de la acción” que no niega la ‘lógica de la idea’, sino que la comprende en su seno como un modo subordinado de conocimiento. Según Blondel, la palabra ‘acción’, sin excluir la idea de una inmediata y perfecta realidad, implica la distinción de tres fases y de tres significaciones discernibles, separables o no. Helas aquí. “1. La acción indica primitivamente el ímpetu iniciador en lo que tiene de vivo y de fecundo, de productivo y de finalista a la vez. 2. La acción puede designar (allí donde una operación discursiva y compleja se hace indispensable para que se realice) la serie continua y progresiva de los medios empleados: proceso necesario para la ejecución del designio inicial que debe recorrer el intervalo que separa el proyecto del efecto y, según la expresión escolástica, el terminus a quo del terminus ad quem, per gradus debitos. 3. La acción puede significar, finalmente, el resultado obtenido, la obra conseguida, la terminación realizada. Puede entonces considerarse este resultado menos como un objeto bruto que como una especie de creación viviente donde la eficacia y la finalidad han conseguido unirse valorando todas las potencias mediadoras que han servido para esa maravillosa innovación, evocada por esa pequeña palabra llena de misteriosas riquezas: obrar” (L’Action, 1936, I, 40/1).
Entendida la “acción” en ese amplio sentido que engloba el pensamiento en vez de oponerse a él, su predominio se ha manifestado en todas las direcciones filosóficas en las que se ha ampliado el marco de la inmanencia racionalista para ceder el paso a la trascendencia. Cuando, por ejemplo, se intentaba en la Antigüedad refutar los argumentos de Zenón de Elea y especialmente la aporía de Aquiles y la tortuga por el simple echar a andar, se llevaba a exageración y a caricatura lo que, por otro lado, el pensamiento procuraba hacer saliendo de las vías de la identificación racional. Así, toda introducción de una discontinuidad representaba y sigue representando la introducción de la “acción” en el marco de la razón.Cuando se habla de “acción” conviene precisar en todo caso en qué sentido se entiende ésta y, sobre todo, conviene señalar si se concibe como aquello que se opone al pensar o bien como aquello que incluye el pensamiento. Este último sentido es el que predomina. Cuando en algunas direcciones se concibe la acción como lo único que puede solucionar los conflictos de la inteligencia, cuando Dewey habla, por ejemplo, de un “idealismo de la acción”, entienden todos ésta como una realidad primaria que explica —no suprime— el pensar.[5]
[1] DRAE. Real Academia española 1992
[2] Diccionario práctico sinónimos y antónimos. Libraririe Larousse 1988, primera reimpresión (Colombia) Julio 1993
[3] ORTIZ SANCHEZ MONICA & PÉREZ PINO VIRGINIA. LEXICO JURIDICO PARA ESTUDIANTES. EDITORIAL TECNOS (GRUPO ANAYA, S. A.), 2004 Juan Ignacio Luca de Tena, 15 – 28027 Madrid.
[4] Diccionario jurídico Espasa Calpe, S.A., Madrid, 2001
[5] Ferrater Mora José. Diccionario de Filosofía. Editorial suramericana Buenos Aires. Quinta Edición 1964

Angel

ÁNGEL significa literalmente mensajero o emisario. Doctrinas angelológicas se encuentran en varias concepciones religiosas y cosmogónicas (por ejemplo, entre los antiguos persas, en Babilonia), pero sólo en el judaismo y luego, sobre todo, en el cristianismo alcanza la doctrina sobre los ángeles precisiones teológicas que suscitan interés filosófico.

En el Antiguo Testamento los ángeles son enviados de Dios y en ocasiones —como en el caso del “Ángel de Jehová”— parecen ser una anticipación del Verbo de Dios. En el Nuevo Testamento se habla de la intervención de ángeles en diversas ocasiones (Anunciación, consuelo de Jesús por un ángel durante la pasión, etc.). En todos los casos los ángeles son considerados como seres creados por Dios, pero muchas discusiones se han suscitado en torno a su verdadera naturaleza y destino. Todos los Padres de la Iglesia y teólogos han admitido que se trata de espíritus, pero mientras algunos han insistido en su pura espiritualidad, otros les han atribuido un cuerpo (etéreo y luminoso). En cuanto a su destino se admite la narración de la rebelión de algunos de los ángeles contra Dios , pero mientras varios autores (Orígenes, De principiis, II, 9 y III, 5-6) declaran que todos los espíritus creados por Dios (ángeles y demonios) se salvan en la apocatástasis final, la mayoría de los Padres, especialmente desde San Agustín (Cfr. especialmente De Civ. Dei, XI y XII; Comm. litt. en., I, 1-5), se inclinan en favor de admitir la condenación eterna de los ángeles malos y la eterna beatitud de los ángeles buenos.
Las precisiones anteriores no resultaron, empero, suficientes ni desde el ángulo teológico ni desde el filosófico.
Teológicamente, sólo con Dionisio el Areopagita ( Hier. cael. passim; Cfr. especialmente IV-X) se desarrolló una doctrina angelológica que, basada en la Escritura, ofrecía un aspecto sistemático, no sólo en lo que toca al examen de la naturaleza de los ángeles, sino también en lo que se refiere a su organización (en nueve coros y tres jerarquías). Filosóficamente, la doctrina más completa al respecto es seguramente la de Santo Tomás (Cfr. especialmente, S. theol. I, qq. L-LVI y Cont. Gent., II, 72 y 98), el cual ha usado para la edificación de la angelología concepciones proporcionadas por el pensamiento aristotélico. Especialmente importante al respecto ha sido el interpretar los ángeles filosóficamente como substancias separadas e intelectuales. Estas substancias son inmutables e inmortales; aunque individuos, son a la vez especies, de modo que cada ángel constituye por sí mismo un universo completo y sobremanera rico. Aunque creados por Dios y situados en la jerarquía del ser entre Dios y los hombres, los ángeles son espíritus puros, puras inteligencias, auxiliares de Dios en el gobierno divino, poseedores de una ciencia superior a la humana, pero inferior a la divina, pues los ángeles no pueden penetrar por sus propias fuerzas ni el secreto del corazón humano ni el del porvenir: sus observaciones sobre los seres humanos son más completas que las ejecutadas por ningún otro ser (excepto Dios), y sus previsiones más perfectas que las de ningún otro ser (excepto Dios), pero no hay ni conocimiento completo de la entraña del hombre ni previsión infalible del porvenir.
Terminemos observando que Eugenio d’Ors ha interpretado el concepto de ángel en un sentido muy especial dentro de su doctrina filosófica; el ángel puede ser comparado, a su entender, con una especie de “sobreconciencia”, de tal suerte que la angelología se convierte en una doctrina —más metafísica que psicológica— de la personalidad. [1]

ÁNGEL. (Ángeles de los hindúes, de los persas, etc.) El autor del artículo Ángel, publicado en la Enciclopedia, dice: «Todas las religiones han admitido la existencia de los ángeles, aunque la razón natural no haya podido demostrarla».
No conocemos más razón que la natural; lo sobrenatural está sobre la razón. Por esto, el autor del citado artículo debió decir que muchas religiones, no todas, admitieron los egipcios no admitieron los ángeles.
Entendemos por la palabra ángeles a los ministros de Dios, a sus emisarios y a los seres intermedios entre Dios y el hombre, enviados al mundo para comunicarnos sus órdenes.
En el año actual, 1772, hace precisamente cuatro mil ochocientos setenta y ocho años que los brahmanes se vanaglorian de tener escrita su primera ley sagrada, que titulan el Shasta, la cual conocieron mil quinientos años antes que su segunda ley, llamada Vedas, que significa la palabra de Dios. El Shasta contiene cinco capítulos: el primero se ocupa de Dios y de sus atributos; el segundo, de la creación de los ángeles; el tercero, de la caída de los ángeles; el cuarto, de su castigo, y el quinto, de su perdón y de la creación del hombre.
Es interesante observar la manera en que habla de Dios ese libro.
Primer capítulo del Shasta. «Dios es uno y lo creó todo. Es una esfera perfecta, sin principio ni fin. Dios gobierna toda la creación por medio de una providencia general, que es la resultante de un principio determinado. No pretendas descubrir la esencia y la naturaleza del Eterno, ni por qué leyes la gobierna. Semejante empresa sería vana y criminal. Gózate contemplando sus obras noche y día, su sabiduría, su poder y su bondad».
Después de rendir este tributo de admiración al Shasta, pasemos a ocuparnos de la creación de los ángeles.
Segundo capítulo del Shasta. «El Eterno, absorto en la contemplación de su propia existencia, resolvió en la plenitud de los tiempos comunicar su gloria y su esencia a seres capaces de sentir y de participar de su bienaventuranza y servir a su gloria. El Eterno quiso y los creó. Los formó con parte de su esencia, capaces de perfección y de imperfección, según su voluntad. »El Eterno empezó por crear a Birma, Vichnú y Siva, y luego a Mozazor y a una pléyade de ángeles. El Eterno dio la preeminencia a Birma, a Vichnú y a Siva. Birma fue el príncipe del ejército angélico, y Vichnú y Siva, sus coadjutores. El Eterno dividió el ejército de los ángeles en muchas legiones, dando a cada una un jefe. Adoraron al Eterno alineados alrededor del trono y ocupando cada uno de ellos la grada que le asignaron. El armonioso coro sonó en los cielos. Mozazor, jefe de la primera legión, entonó el cántico de alabanza y de adoración al Creador, y el canto de obediencia a Birma, la primera de las criaturas, y el Eterno se regocijó de su nueva creación.»
De la caída de algunos ángeles. «Desde la creación del ejército celeste el regocijo y la armonía rodearon el trono del Eterno durante mil años multiplicados por otros mil, y hubieran durado hasta la consumación de los tiempos si la envidia no se hubiera apoderado de Mozazor y otros príncipes de las legiones angélicas. Entre éstos se encontraba Raabon el primero en dignidad después de Mozazor. Olvidándose de la dicha de haber sido creados y de su deber, rechazaron el poder de perfección, ejercieron el poder de imperfección y obraron mal en presencia del Eterno. Le desobedecieron y se negaron a someterse al primer representante de Dios y a los asociados de aquel, Vichnú y Siva, y dijeron: Queremos gobernar. Y sin temer el poder y la ira del Creador, difundieron esas doctrinas sediciosas en el ejército celeste y sedujeron a varios ángeles, que tomaron parte en la rebelión y se alejaron del trono del Eterno. La tristeza se apoderó de los espíritus angélicos que permanecían fieles y por primera vez se conoció el dolor en el cielo.»
Castigo a los ángeles rebeldes. «El Eterno, cuyo poder infinito y cuya presencia se extiende a todo, excepto a los actos de los seres que El creó libres, vio con dolor y con cólera la defección de Mozazor, de Raabon y de otros jefes de los ángeles, pero siendo misericordioso, a pesar de estar indignado, comisionó a Birma, Vichnú y Siva para que les reprocharan el crimen que cometieron e instarles a que cumplieran con su deber; resueltos a ser independientes, persistieron en la rebelión. Al saber el Eterno su resolución, ordenó a Siva que fuera contra ellos, traspasándole su omnipotencia, y que los precipitara desde aquel sitio altísimo hasta el lugar de las tinieblas, al Ondara, para castigarlos allí durante mil años multiplicados por otros mil.»
Extractemos lo que dice el capítulo quinto. Cuando transcurrieron allí mil años, Birma Vichnú y Siva solicitaron del Eterno que tuviera clemencia con los rebeldes. El Eterno se dignó librarles de la prisión de Ondara y llevarlos a un sitio de prueba durante gran número de rebeliones contra Dios desde aquel sitio de penitencia.
En uno de esos períodos fue cuando Dios creó el mundo. Los ángeles penitentes sufrieron en él un sinfín de metempsicosis y en una de las últimas se convirtieron en vacas. De aquí que las vacas sean sagradas en la India. Finalmente, se convirtieron en hombres. Vemos, pues, que la teoría de los indios sobre los ángeles es la misma teoría del jesuita Bougeant, que supone que en los cuerpos de los animales se alojan los ángeles pecadores. Lo que los brahmanes inventaron seriamente lo imaginó un jesuita por mofa cuatro mil años después, a no ser que se le ocurriera esta chanza para conservar un resto de superstición mezclada con el espíritu desconocido, cosa que sucede con alguna frecuencia.
Tal es la historia de los ángeles en el antiguo pueblo de los brahmanes, historia que enseñan todavía en la actualidad, al cabo de cerca de cincuenta siglos. Nuestros comerciantes que traficaron en la India nunca se enteraron de esto, ni nuestros misioneros tampoco, y los brahmanes, que jamás vieron con buenos ojos la ciencia, ni las costumbres de los extranjeros, no quisieron comunicarles sus secretos. Para que llegáramos a descubrirlos fue preciso que el inglés Holwell viviera durante treinta años en Benarés, ciudad situada sobre el Ganges, donde tenían establecida su escuela los antiguos brahmanes, fue necesario que el citado inglés aprendiera el sánscrito, lengua sagrada, y que leyera los antiguos libros de la religión hindú para comunicar a Europa tan singulares conocimientos. Como también fue preciso que Sale residiera mucho tiempo en Arabia para poder traducir fielmente el Corán y darnos una idea exacta de lo que fue el antiguo sabeísmo, al que sucedió la religión islámica; como fue preciso, en fin, que Hyde estudiara durante veinte años en Persia todo lo concerniente a la religión de los magos.

De los ángeles de Persia. Los persas conocieron treinta y un ángeles. El primero de ellos, el superior, a quien sirven otros cuatro ángeles; se llama Baham, y asume la inspección de todos los animales, exceptuando al hombre, sobre el que Dios se reserva la jurisdicción inmediata.
Dios prescribe el día en que el sol entra en el signo de Aries, y ése es el sábado, lo que prueba que la fiesta del sábado se observaba en Persia desde tiempos muy remotos.
El segundo de los ángeles se llama Debadur y preside el día octavo. Al tercero lo apellidan Kur, de cuya palabra probablemente se originó Ciro, y es el ángel del sol, y el cuarto se llama Ma y preside la luna. Cada ángel tiene su distrito. Fue en Persia donde comenzó a conocerse la doctrina del ángel de la guarda y del ángel malo. Créese que Rafael fue el ángel de la guarda del Imperio persa.

De los ángeles entre los hebreos. Estos no conocieron la caída de los ángeles hasta los primeros años de la era cristiana. Para esto era menester que conocieran la doctrina secreta de los antiguos brahmanes, porque fue en esa época cuando se redactó el libro atribuido a Enoc, respecto a los ángeles rebeldes expulsados del cielo. Enoc debió ser un autor antiquísimo, porque según afirman los judíos vivió en la séptima generación antes del diluvio. Pero dado que Set, que es más antiguo, dejó libros a los hebreos, podían también éstos jactarse de tener asimismo libros de Enoc. He aquí lo que Enoc escribió, según dicen los judíos:
«Habiendo crecido prodigiosamente el número de hombres y teniendo éstos hijas muy hermosas, los ángeles se enamoraron de ellas y fueron arrastrados a muchos errores.
Animándose unos a otros, dijeron: “Escojamos mujeres entre las hijas de los hombres”.
Semiaxas, que era un príncipe, les dijo: “Temo que no os atreváis a realizar este deseo y a tener que cargar yo con todo el crimen”. Los ángeles le respondieron a coro: “Juramos ejecutar nuestro designio, y nos entregamos al anatema si no lo realizamos”. Se unieron por medio de este juramento y lanzaron imprecaciones. Se reunieron doscientos ángeles, partieron juntos y acudieron a la montaña que se llamaba Hermonium. Los principales ángeles conjurados se llamaban Semiaxas, Atarcuf, Araciel, Chobabiel, Sampsich, Zaciel Farmar, Thausael, Samiel, Tiriel, Jumiel, etc. Estos y los demás, hasta completar el número de doscientos, tomaron mujeres el año 1170 de la creación del mundo. Del contacto de los ángeles con las mujeres nacieron tres clases de hombres, etc.»
El autor de ese fragmento, por la candidez con que está escrito, parece que deba pertenecer a los primitivos tiempos. Nombra a los personajes y no olvida las fechas, pero no incluye reflexiones ni máximas; ese es el estilo oriental.
Claro está que esa historia se funda en el capítulo sexto del Génesis que dice: «Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos: éstos fueron los valientes que desde la Antigüedad fueron varones de nombre».
El libro de Enoc y el Génesis están acordes respecto al comercio carnal de los ángeles con las hijas de los hombres y a la raza de gigantes que nació de dicha cópula. Pero ni el libro de Enoc, ni ningún otro del Antiguo Testamento, hablan de la rebelión de los ángeles contra Dios ni de su derrota, ni de su caída al infierno, ni del odio que profesan al género humano.
Casi todos los comentaristas del Viejo Testamento dicen unánimemente que, antes de la cautividad de Babilonia, los judíos no supieron el nombre de ningún ángel. El que se le apareció a Manué, padre de Sansón no quiso decir cómo se llamaba. Cuando los tres ángeles se aparecieron a Abrahán y éste les invitó a comer un becerro asado, no le quisieron decir sus nombres. Únicamente uno de ellos le habló así: «Volveré a veros el año próximo si Dios me concede vida, y vuestra esposa Sara tendrá entonces un hijo».
El abate Calmet encuentra mucha semejanza entre esa historia y la leyenda de Ovidio, que el célebre poeta latino refiere que sucedió entre Júpiter, Neptuno y Mercurio, los cuales fueron a comer en casa del anciano Hiriens, al que encontraron triste y afligido por no poder tener hijos, como los tres ángeles encontraron a Abrahán cuando se le aparecieron Calmet dice también que las palabras que los ángeles dirigieron a Abrahán pueden traducirse así: «Nacerá un hijo de vuestro becerro». De todos modos, los ángeles no dijeron sus nombres a Abrahán, ni a Moisés, y sólo encontramos el nombre de Rafael en el libro de Tobías, en la época de la cautividad. Los demás nombres de los ángeles son copiados de los caldeos y persas. Rafael, Gabriel, Uriel y otros, son persas babilónicos. Hasta el nombre de Israel es caldeo. El sabio judío Filón lo dice terminantemente al referir la delegación que enviaron al emperador Calígula.
De los ángeles en Grecia y en Roma. Tuvieron demasiados dioses mayores, menores y semidioses para necesitar otros seres subalternos. Mercurio cumplimentaba los encargos de Júpiter, Isis los de Juno y, sin embargo conocieron también genios y demonios. La doctrina de los ángeles de la guarda fue puesta en verso por Hesíodo, poeta coetáneo de Homero.
Cuanto más estudiamos la Antigüedad, más nos convencemos de que las naciones modernas, unas tras otras, han ido agotando los tesoros de las minas antiguas, que en la actualidad están casi abandonadas. Los griegos, que durante mucho tiempo pasaron por inventores fueron imitadores de Egipto, este país copió a los caldeos, y éstos lo copiaron casi todo de los hindúes. La teoría de los ángeles de la guarda la sofisticaron luego las escuelas, y fue todo lo que pudieron hacer. Cada hombre tuvo su genio, bueno o malo, al igual que tuvo su estrella. Sabido es que Sócrates tuvo un ángel bueno, pero indudablemente le guió su ángel malo, porque sólo un ángel malo puede inducir a un filósofo a ir de casa en casa diciendo a todo el mundo que el padre y la madre, el preceptor y el alumno, eran unos ignorantes y unos imbéciles. El ángel de su guarda no pudo impedir que le condenaran a beber la cicuta.
La teoría de los ángeles es de las más antiguas que se conocieron en el mundo, y precedió a la de la inmortalidad del alma. Esto es lógico. Y si bien se necesita tener filosofía para creer que es inmortal el alma del hombre, sólo se necesita imaginación y temor para inventar seres superiores a nosotros, que nos protegen o nos persiguen. Sin embargo, los antiguos egipcios no conocieron esos seres celestes, de cuerpo etéreo, ejecutores de las órdenes de Dios. Los primeros en admitir tal teología fueron los babilonios. Se menciona a los ángeles desde el primer libro del Génesis, pero este libro no se escribió hasta que los caldeos constituyeron una nación poderosa. Hasta la época de su cautividad en Babilonia, que sucedió mil años después de Moisés, los judíos no supieron los nombres de Gabriel, Rafael, Miguel y Uriel, que aquéllos pusieron a los ángeles. Fundándose la religión judeo-cristiana en la caída de Adán y cimentándose esta caída en la tentación del ángel malo, esto es, el diablo, es extraño que el Pentateuco no diga una sola palabra a la existencia de los ángeles rebeldes, ni de su castigo y su caída al infierno.
El motivo de esta omisión cabe achacarlo al hecho de que los judíos desconocieron los ángeles malos hasta que estuvieron cautivos en Babilonia. Fue entonces cuando por primera vez oyeron hablar de Satanás.
La palabra Satanás es caldea, y el Libro de Job, habitante de Caldea, es el primer libro que la menciona.
Los antiguos persas decían que Satán era un genio que movía guerra a los Divos y a los Peris, es decir, a las hadas. Siguiendo, pues, las reglas ordinarias de la probabilidad, sólo debe permitirse a los que se valen de la razón creer que de esta teología tomaron los judíos
y los cristianos la idea de que los ángeles malos fueron expulsados del cielo, y de que el príncipe de ellos tentó a Eva, apareciendo en forma de serpiente.
Se supone también que Isaías tuvo presente esta alegoría cuando exclamó: « ¿Cómo caíste del cielo, astro de luz, que te levantabas al nacer el día?» Ese mismo versículo latino, traducido de Isaías, es el que proporcionó al diablo el nombre de Lucifer. No pensaron que Lucifer significaba «el que derrama la luz», y mucho menos ocupándose de un rey de Babilonia destronado, y usando una figura retórica, exclamó: «¿Cómo caíste de los cielos, astro brillante?»
Es improbable que tratara Isaías por medio de tal imagen poética de restablecer la doctrina de los ángeles rebeldes precipitados en el infierno Por eso creemos que hasta los tiempos de la primitiva Iglesia cristiana no se intentó semejante cosa, y que entonces fue cuando los santos padres y los rabinos se esforzaron en propagar dicha doctrina para salvar lo que había de increíble en la historia de la serpiente que sedujo a la madre de los hombres y que, condenada por esa mala acción a arrastrarse, fue la enemiga del hombre, que trata siempre de aplastarla, mientras ella intenta morderle. De algunas sustancias celestes precipitadas en el abismo y que sólo salen para perseguir al género humano, han imaginado que son invenciones más sublimes.
No puede probarse de ningún modo que esas potencias celestes e infernales existan, pero tampoco puede probarse que no existen. Tampoco se incurre en contradicción reconociendo que hay sustancias bienhechoras y sustancias malignas, que no son de la naturaleza de Dios, ni de la naturaleza del hombre, pero no basta que una cosa sea posible para creerla.
Los ángeles que imperaban entre los babilonios y entre los judíos eran precisamente lo mismo que los dioses de Homero, esto es seres celestes subordinados a un Ser Supremo.
Probablemente, la imaginación que forjó aquéllos produjo también éstos. La religión de Homero fue aumentando el número de dioses inferiores, y andando los años la religión cristiana aumentó el número de sus ángeles.
Dionisio el Aeropagita y Gregorio I fijaron el número de ángeles en nueve coros, divididos en tres jerarquías: la primera era de los serafines los querubines y las del séptimo coro; la segunda, de las dominaciones, las virtudes y las potencias, y la tercera, de los principados, los arcángeles y los ángeles, que dan el nombre a las tres jerarquías. Sólo a un Papa le está permitido arreglar de esta forma las categorías del cielo.
En griego, la palabra ángel significa enviado. Los persas inventaron sus Peris, los hebreos sus Malakim y los helenos sus Daimon, y una de las primeras ideas que tuvieron los hombres fue la de colocar seres intermediarios entre la Divinidad y nosotros. Estos fueron los demonios y los genios que la Antigüedad inventó. El hombre imaginó siempre a los dioses semejantes a él. Vio que los príncipes dictaban órdenes a sus mensajeros y creyó que así lo debía hacer la Divinidad, por lo que Mercurio e Isis fueron los mensajeros de los dioses.
Los hebreos, que según ellos dicen, fueron el único pueblo que Dios protegió, no bautizaron desde el principio a los ángeles que Jehová se dignó enviarles, y copiaron los nombres que les dieron los caldeos. David siendo esclavo de Babilonia, nombró por primera vez a Miguel y a Gabriel. El judío Tobías que vivía en Nínive, conoció al ángel Rafael cuando viajaba con su hijo para ayudarle a cobrar el dinero que le debía el judío Gabael.
En las leyes hebraicas, esto es, en el Levítico y en el Deuteronomio, no se dice que existan los ángeles. Por esto, sin duda, los saduceos no creyeron que existían. Pero en las historias de los judíos se ocupan de ellos. Estos ángeles eran corporales; tenían alas en las espaldas, como también creyeron los gentiles que Mercurio las tenía en los tobillos, y algunas veces escondían las alas debajo del manto. No podían concebirles sin cuerpo, porque vivían y comían y porque los ciudadanos varones de Sodoma quisieron cometer el pecado de sodomía con los ángeles que fueron a casa de Lot.
La antigua tradición judía, según Maimónides, admite diez grados, diez órdenes de ángeles:
1) los puros, 2) los rápidos, 3) los fuertes, 4) las llamas, 5) las chispas, 6) los mensajeros, 7) los dioses o jueces, 8) los hijos de los dioses, 9) los querubines, y 10) los animados.
Ya dijimos que la historia de la caída de los ángeles no se encuentra en los libros de Moisés, y que la primera referencia de este hecho se atribuye a Isaías cuando apostrofó al rey de Babilonia. Dijimos también que la religión cristiana está fundada en la caída de los ángeles, los que se rebelaron fueron precipitados en el infierno y se convirtieron en demonios. Un demonio tentó a Eva en figura de serpiente y condenó al género humano.
Jesucristo vino al mundo a rescatarlo y a vencer al diablo que todavía nos tienta; sin embargo, esta tradición fundamental sólo se encuentra en el libro de Enoc, que es apócrifo, y aún allí es diferente de la tradición admitida.
San Agustín, en su carta 109, atribuye cuerpos sutiles y ágiles a los ángeles buenos y a los malos. El papa Gregorio I redujo a nueve los coros o jerarquías de los ángeles de las diez reconocidas por los judíos. Éstos tenían en su templo dos querubines y cada uno de ellos ostentaba dos cabezas, una de toro y otra de águila, y tenían en las espaldas seis alas.
Nosotros pintamos a los arcángeles y ángeles en figura de jóvenes hermosos con dos alas.
En cuanto a los ángeles del séptimo coro y de las dominaciones, podemos decir que no se han pintado todavía.
Santo Tomás, en la cuestión 108, dice que los ángeles del séptimo coro están tan cerca de Dios como los querubines y los serafines, porque Dios se sienta encima de ellos. Escoto cuenta mil millones de ángeles. Cuando la antigua mitología de los buenos y de los malos genios pasó desde el Oriente a Grecia y Roma, quedó consagrada esta opinión al admitir que cada hombre tenía un ángel bueno y un ángel malo, un ángel que le protege y otro que le perjudica desde su nacimiento hasta su muerte. Pero todavía no se ha averiguado si esos ángeles pasan continuamente de un sitio a otro o si los relevan otros ángeles. Sobre esto debe consultarse la Suma de Santo Tomás. Porque lo cierto es que no se sabe el sitio que ocupan los ángeles, ni si están en el aire, en el vacío o en los planetas. Dios no ha querido que lo supiéramos.[2]
[1] Ferrater Mora José. Diccionario de Filosofía. Editorial suramericana Buenos Aires. Quinta Edición 1964
[2] Voltaire. Diccionario Filosófico. Edición digital.

Absurdo

¿Que es absurdo? ¿Qué connotaciones tiene? Ese el tema de este artículo.

En lenguaje corriente se llama absurdo a lo que “no puede ser de ninguna manera”. Ya en esta noción parece insertarse en la idea de lo absurdo la de imposibilidad.

Sin embargo, esta imposibilidad puede ser concebida de dos maneras: o totalmente, en cuyo caso lo absurdo es por principio lo que carece de significación, o parcialmente, en cuyo caso lo absurdo sería lo que escapa a ciertas reglas o normas, sea de carácter lógico o de cualquier otra índole. En todo caso, la ausencia de significación de lo absurdo —dentro de un lenguaje dado o dentro de cualquier lenguaje como tal— parece constituir su carácter más patente, si bien en algunos casos se admite la posibilidad de que lo absurdo tenga una significación. Entonces lo absurdo sería aquello que, no pudiendo ser en ningún caso objeto de una efectuación intuitiva, resultaría “inconcebible”.
Finalmente, se llama absurdo a lo que, por considerarse imposible, es estimado asimismo como afectado por el valor de falsedad.
Así sucede con la expresión ‘reducción al absurdo’, es decir, el modo de argumentar que demuestra la verdad de una proposición por la falsedad, imposibilidad o, en términos neutrales, inaplicabilidad de la contradictoria o de las consecuencias de la contradictoria. Este tipo de razonamiento es habitual en la geometría y ha sido empleado también por Zenón de Elea para sus demostraciones de la imposibilidad del movimiento y de la multiplicidad del ser.
Hobbes llamaba absurdas a las expresiones sin sentido; la posibilidad de una afirmación general que no sea verdadera es inconcebible y por ello, dice Hobbes, “si un hombre me habla de un rectángulo redondo; o de accidentes del pan en el queso, o de substancias inmateriales; o de un sujeto libre, de una voluntad libre o de cualquier cosa libre, pero libre de ser obstaculizada por algo opuesto, yo no diré que está en un error, sino que sus palabras carecen de significación; esto es, que son absurdas”
(Leviatán, t. esp., 1940, pág. 35).
Hobbes utiliza de este modo la noción de absurdo para calificar con ella las entidades que no entran dentro del marco de su nominalismo corporalista, e indica que las causas del absurdo son principalmente: la falta de método al no establecer las significaciones de los términos empleados; la asignación de nombres de cuerpos a accidentes o de accidentes a cuerpos; la asignación de nombres de accidentes de cuerpos situados fuera de nosotros, a los accidentes de los propios cuerpos; la asignación de nombres de cuerpos a expresiones; la asignación de nombres de accidentes a nombres y expresiones; el uso de metáforas y figuras retóricas en lugar de los términos correctos, y el empleo de nombres que nada significan y se aprenden rutinariamente (op. cit., pág. 36).
Además de los Caps. IV y V del citado Leviatán, Hobbes consagra algunos pasajes a la diferencia entre el error (en nuestro lenguaje, el predicado ‘es erróneo’) y lo absurdo (en nuestro lenguaje, el predicado ‘es absurdo”) en varias otras obras (Human Nature, V; De corpore, III), repitiendo a veces las mismas frases (siendo el tratado Human Nature, 1640, anterior al Leviatán, 1651, y al De corpore, 1655, puede considerarse como el primer texto de Hobbes al respecto, pero hemos citado el Leviatán por ser el más conocido y posiblemente más consultado hoy día). En el De Corpore ofrece, además, una “Tabla de lo absurdo”, en la que, a base de una clasificación de tipos de proposiciones (empíricas, a las que se aplican los predicados ‘no es erróneo’ y ‘es erróneo’; analíticas, a las que se aplican los predicados ‘es verdadero’ y ‘es falso’; y propiamente ficticias —o, mejor dicho, simplemente imaginativas—, a las que se aplica el predicado ‘es absurdo’). Hay frecuentes absurdos, por ejemplo, cuando se usan nombres de una clase de entidades como si perteneciesen a otra clase de entidades.
En un sentido parecido al de Hobbes se usa hoy la expresión ‘es absurdo’ por quienes estiman que deben eliminarse del lenguaje todas las expresiones que no pueden ser verificadas por la experiencia o que no siguen las reglas de una determinada sintaxis.
En cambio, lo absurdo posee otro sentido cuando se refiere a lo absurdo en la vida humana, tal como ha sido destacado por algunos escritores que, aun sin ser existencialistas o aun rechazando formalmente tal supuesto filosófico, se mueven dentro de una comprensión de la vida humana muy cercana a dicha tendencia. Es el caso de la expresión de lo absurdo en Franz Kafka y especialmente en Albert Camus, si bien este último, al oponerse justamente al existencialismo, proclama algo semejante a la “lucidez frente a lo absurdo”. En rigor, Camus se ocupa no de una filosofía absurda, sino, como dice explícitamente
(Le mythe de Sysiphe, 1942), de una “sensibilidad absurda que puede hallarse esparcida en la época” (Cfr. también, del mismo autor, sus novelas L’Étranger y La Chute).
Manuel de Diéguez, De l’absurde. Précédé d’une lettre à Albert Camus, 1948. — Annibale Pastore, La volontà dett’assurdo. Storia e crisi dell’esistenzialismo, 1948. — Ismael Quiles, S. J., Jean Paul Sartre. El existencialismo del absurdo, 1949. — Joseph Möller, Absurdes Sein? Eine Auseinandersetzung mit der Ontologie J. P. Sartres, 1959. — Sobre lo absurdo en Hobbes: “S. Morris Engel, “Hobbes’ ‘Table of Absurdity”‘, The Philosophical Review, LXX (1961), 533-43.[1]

En sentido amplio, aquello que no es compatible o coherente con un conjunto de creencias que se considera probado y verdadero. Así, la Iglesia condenó como absurdo el sistema copernicano[2] defendido por Galileo. En sentido estricto, lo irracional, lo ilógico, lo lógicamente contradictorio o inconsistente, o lo que carece totalmente de sentido: algo que la razón humana se marca como el límite que no está dispuesta a traspasar en modo alguno, so pena de caer en la irracionalidad.

La lógica expresa lo absurdo como la negación del principio de no contradicción[3].

Modernamente, sobre todo a partir de Schopenhauer, se considera como absurdo aquello que carece de sentido ante una reflexión atenta, o aquello cuya causa o porqué nos resulta inabordable. La filosofía existencialista de Sartre y Camus hace del absurdo el dato fundamental para la interpretación de la vida humana y del mundo.[4]


Absurdo, da.
Del lat. absurdus.
1. adj. Contrario y opuesto a la razón; que no tiene sentido. Ú. t. c. s.
2. Extravagante, irregular.
3. Chocante, contradictorio.
4. m. Dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado.[5]

Son sinónimos de absurdo: Descabellado, disparatado, ilógico, irracional, desatino, necedad.
Son antónimos de absurdo: Lógico, cierto, sensato, realidad, verdad.[6]

Tiene importancia en el enjuiciamiento jurídico y en el debate forense, ya que la demostración, aunque sólo sea dialéctica, de la absurdidad de una cosa, de una interpretación o de una pretensión, las privaría de eficacia.
Esa demostración se puede también hacer mediante el procedimiento de la reducción al absurdo (ad, absurdum)[7], modo de argumentar encaminado a probar que una proposición es verdadera porque la contraria es falsa o imposible. Ya en el Digesto se decía que resulta absurdo que tenga mayor derecho aquel a quien se ha legado un fundo que el heredero o el mismo testador si viviera.

[1] Ferrater Mora José. Diccionario de Filosofía. Editorial suramericana Buenos Aires. Quinta Edición 1964
[2] Véase Copérnico
[3] En el lenguaje de la lógica, todo lo que escapa a sus leyes formales, convirtiéndose en una cosa irreal, por cuanto no condice con el pensamiento normal de los hombres acerca de los objetos, del mundo y sus relaciones.
[4] Diccionario de filosofía en CD-ROM. © 1996. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.
[5] Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ( Drae), 1992.
[6] Diccionario práctico, Sinónimos y antónimos. Ediciones Larousse Argentina S.A., para ediciones enciclopédicas S.A. EDENSA Colombia, 1993.
[7] (del latín reductio ad absurdum) Razonamiento que se basa en demostrar que un conjunto de afirmaciones formado por las premisas y la negación de su conclusión lleva a una contradicción. Equivale a razonar de la siguiente manera: si el hecho de suponer verdadera ¬A (no-A) nos lleva a una contradicción, entonces A es necesariamente verdadera y ¬A necesariamente falsa. Recibe también el nombre de prueba indirecta. A veces, la reducción al absurdo sólo prueba que un conjunto de premisas es inconsistente.

Epistemologia-hermenéutica

De la epistemología a la hermenéutica es un artículo de la filósofa y docente NIDIA CHAPARRO CUERVO [1]:

PRESENTACIÓN
Uno de los debates de la filosofía del siglo XX, respecto del cual han debido tomar partido, casi que inevitablemente, los principales filósofos de este siglo, es la confrontación entre epistemología y hermenéutica.

Dicha confrontación reedita, aunque en otros términos, una problemática que atraviesa la historia del pensamiento filosófico occidental y que ha sido abordada, unas veces, de manera explícita y directa y, otras veces, ha permanecido implícita o subyacente a otras tematizaciones.
Se trata de la relación u oposición entre lo Uno y el Todo, como originariamente se formuló. Otras veces se planteó en términos, que de cierta manera son equivalentes: lo idéntico y lo diverso, lo universal y lo particular, lo atemporal y lo histórico, lo trascendente y lo inmanente.
Contemporáneamente, y en el marco de la mencionada polémica, se reformular la misma cuestión pero en términos de la confrontación entre lo conmensurable y lo inconmensurable, entre lo necesario y lo contingente; estos polos constituyen los presupuestos teóricos del fundamentalismo de la epistemología y del anti fundamentalismo de la hermenéutica.
Aunque en dichas oposiciones está la clave de tales filosofías y de sus grandes diferencias, lo que me interesa destacar en este escrito es que en la polémica epistemología – hermenéutica, lo que está realmente en juego, no es tanto, o solamente, la toma de partido en la confrontación fundamentalismo-anti fundamentalismo, sino lo que se entiende por filosofía, lo que hace y cómo lo hace.
En apoyo de la pertinencia de mi planteamiento, traigo estas líneas de Javier Bengoa:“Parece claro que estudiar las relaciones entre la concepción hermenéutica y la concepción fundamentalista de la filosofía es estudiar ni más ni menos que la frontera que delimita el ámbito posible de la misma”[2]
¿LA EPISTEMOLOGÍA EN CRISIS?
Desde sus orígenes, la filosofía se presentó a sí misma como una búsqueda racional y sistemática
de los primeros o últimos principios; del ser primero, de lo uno, que permanece y subyace al cambio, pero que él mismo se sustrae a las dimensiones espacio temporales. Lo particular y diverso, lo cambiante, aparecen como parte de una totalidad que tiene en ese ser primero, de carácter universal, lo que unifica la multiplicidad, la funda[3] y la torna racionalmente cognoscible. ‘’El Uno es a la vez principio y fondo esencial, principio y origen. De él deriva lo múltiple, en el sentido de fundamentación y origen. Y, merced a este origen, se reproduce como una diversidad ordenada’’[4].
En tanto accede a los primeros principios, la filosofía pretende fundamentar, no sólo la realidad sino también el conocimiento y la acción, pues los principios que devela son, a la vez, principios ontológicos, epistemológicos y Para llevar a cabo este propósito (que bien puede quedarse sólo en intención), he elegido como referente principal la filosofía de Richard Rorty, particularmente lo expuesto por él en “La Filosofía como Espejo de la Naturaleza”, que además de ser una excelente historia temática ( desde el conocimiento y su elaboración por la filosofía, en distintos momentos ) de la filosofía occidental, muestra, a través del proceso que él llama de “deconstrucción” de la epistemología, su propuesta de la sustitución de ésta por la hermenéutica y por una forma de entender la filosofía, radicalmente diferente de la moderna. éticos. Por lo mismo, reclama para sí la condición de saber universal, con acceso privilegiado a la verdad. Esto se evidencia, de manera más clara, en las filosofías sistemáticas, de las cuales el mejor ejemplo es quizás la hegeliana.
Consecuente con esa pretensión fundamentadora, a partir del siglo XVII, con Descartes, la filosofía se centra en la búsqueda de un fundamento cierto, firme y constante del saber, lo que inaugura la filosofía moderna. Desde entonces, el conocimiento se entiende como el resultado de la confrontación entre la mente y los objetos, como una representación exacta en la mente, tanto del mundo exterior como del interior, de los objetos lo mismo que de los contenidos del pensamiento. Entendido así el conocimiento, la auto comprensión de éste, que corre por cuenta de la filosofía, se funda en el sujeto reducido a conciencia cognoscente.
La mente será, a decir de Rorty, “como un gran espejo que contiene representaciones diversas -algunas exactas, y otras no- y se puede estudiar con métodos puros, no empíricos’’[5] . De ahí que use la metáfora de “Espejo de la Naturaleza” para referirse a la mente y para caracterizar a la filosofía moderna como epistemología.
De Descartes a Husserl, pasando por los empiristas y Kant, tendrá la forma de una teorización sobre el conocimiento, sus contenidos y estructuras elaborada desde la conciencia[6] . Con Kant dicho problema dará lugar a una disciplina filosófica especial, la llamada epistemología. La idea predominante de lo que es filosofía, es la de “una teoría general de la representación” y la mente se entenderá como “algo sobre lo que se debe elaborar una visión filosófica”[7]. Su proceder es el de un pensamiento de la reflexión y la autor reflexión, en el que el sujeto cognoscente, que se representa el mundo exterior como objeto, puede volverse reflexivamente sobre sí, como si fuera otro objeto, para aprehender las facultades de su propia conciencia.
En este contexto, la epistemología se verá a sí misma como teoría fundante de la ciencia, porque está, supuestamente, en condiciones de comprenderla y guiarla, por cuanto se ocupa de esclarecer los presupuestos y fundamentos de producción y aplicación del conocimiento científico,
su estatuto teórico y sus criterios de validez. Esta pretensión de la epistemología ha dado lugar a que su función sea, a decir de Habermas, similar a la de un juez supremo, que actúa como “juez y acomodadora de la razón”, incluso respecto de la cultura en su conjunto, de forma que “se da una relación entre la teoría fundamentalista del conocimiento, que atribuye a la Filosofía la función de acomodador de las ciencias, y un sistema de conceptos histórico que cubre la totalidad de la cultura y al que la Filosofía ha de agradecer la función, no menos dudosa, de un juez con jurisdicción en el campo de la ciencia, de la moral y del arte”[8].
Los caminos que han conducido a la ruptura con la filosofía fundamentalista, empezaron a andarse a mediados del siglo XIX, cuando empiezan a manifestarse duras críticas y distanciamientos respecto del pensar fundamentalista, las que constituirán parte importante de los desarrollos filosóficos del siglo XX.
Esa actitud crítica adquirió, algunas veces, la forma de una búsqueda de criterios que permitieran diferenciar la ciencia de la filosofía, como es el caso del positivismo lógico; y en otros casos, que permitieran guiar la filosofía por los caminos seguros de la ciencia, como sucede en Husserl y el estructuralismo.
De igual manera, grandes sistemas filosóficos de los siglos XIX y XX, como el hegeliano y el marxista, adoptaron una perspectiva historicista que confrontaba radicalmente la idea de estructuras estables del ser, a las que debía corresponder el pensamiento que aspiraba a la certeza. Sin embargo, como desde la perspectiva historicista, el ser se transforma según ritmos necesarios, permanentes y reconocibles, el distanciamiento respecto de la perspectiva fundamentalista, es apenas parcial[9]
Por su parte, Nietzsche y Heidegger, pondrán en tela de juicio, no sólo el contenido metafísico y la pretensión fundamentalista del pensamiento occidental moderno, sino la noción misma de fundamento y la idea del pensar como base y vía de acceso al mismo.
A juicio de Vattimo, esta sí constituye una verdadera ruptura con el pensamiento moderno, por cuanto su crítica no la adelantan desde un supuesto fundamento “más verdadero” y porque sustituyen la perspectiva de la filosofía de la conciencia por la del lenguaje.
Filósofos de la ciencia como Kuhn y Feyerabend, desde visiones históricas y sociológicas de la ciencia, contribuyeron a la crisis de la epistemología. Kuhn rebatirá la concepción acumulativa del progreso de la ciencia, a la que contrapuso la idea de revolución científica, entendida como cambio de paradigmas, e insistirá en que los paradigmas rivales, en tanto expresan percepciones heterogéneas de mundo que permiten que un mismo fenómeno sea visto de maneras diferentes, son inconmensurables y no cabe acuerdo entre ellos; por lo mismo, no pueden traducirse el uno al otro plenamente, pues no existe un lenguaje universal que lo haga posible. Feyerabend, por su parte, negará la existencia de un conjunto de reglas o criterios metodológicos fijos e invariables, que guíen al científico en la formulación y validación de hipótesis[10].
En ambos casos, lo que se afirma es la existencia de múltiples miradas sobre el mundo, sin que ninguna pueda reclamar superioridad sobre las otras; se rechaza la idea de una racionalidad invariable, central, que oriente el quehacer científico y la de un lenguaje universal que pretenda homogenizar esas diversas miradas en resultados, desde donde fuera posible fundar el conocimiento científico de forma racional e inconfundible y diferenciar claramente la ciencia de la no ciencia, el contexto de descubrimiento del de justificación; cuestiones centrales en la filosofía de la ciencia del siglo XX.
Sin embargo, a juicio de Habermas, todas estas tentativas de ruptura con la filosofía de la conciencia continúan atrapadas en los presupuestos de dicha filosofía, que sólo será posible superar con el tránsito al paradigma del lenguaje, en una perspectiva semántico-pragmática (el lenguaje en uso), que se orienta por las emisiones con las que los hablantes se entienden entre sí sobre algo, que parte de las situaciones de habla y de los contextos en que se emplea el lenguaje, que toma en cuenta las pretensiones, roles dialógicos y posturas asumidas por los hablantes[11] .
A partir de una lectura que radicaliza los planteamientos de Wittgenstein, Heidegger y Dewey -a los que considera los filósofos más importantes del siglo XX-, lo mismo que los de Quine, Sellars, Kuhn, Rorty adelantará una crítica radical de la filosofía como epistemología, bajo la forma de una “deconstrucción” de los presupuestos de la filosofía como “Espejo de la Naturaleza”, es decir, de las ideas a priori, necesidad, permanencia, mente, representación, conmensurabilidad. Propone cambiar la idea del conocimiento como representación exacta por el punto de vista de Dewey, para quien el conocimiento es “lo que creemos justificadamente”, lo que implica negar la existencia de presupuestos del conocer en los cuales se fundamentaría, que se pueden conocer a priori, y que deben ser objeto de una teoría, es decir, busca dejar sin objeto y sin sentido la teoría del conocimiento[12].
Movido por una intención que llama “terapéutica” o “edificante”, más que “constructiva”, y de ninguna manera sistemática, la deconstrucción rortyana no se propone, como él mismo lo afirma, ofrecer una nueva epistemología, porque lo considera imposible e innecesario; porque el conocimiento no requiere de una teoría y menos de fundamento; en últimas, porque el problema del conocimiento, su explicación causal, que, por lo demás, se ha confundido con fundamentación, es, filosóficamente hablando, un falso problema. Sería mejor para la claridad filosófica que entregáramos la idea de “cognición” a la ciencia predictiva, y dejáramos de preocuparnos por los “métodos cognitivos alternativos” La palabra conocimiento no parecería digna de que se luchara por ella si no fuera por la tradición kantiana de que ser filósofo es tener una “teoría del conocimiento”, y la tradición platónica de que la acción que no está basada en el conocimiento de la verdad de las proposiciones es “irracional”[13].
A la pregunta de si queda todavía algo que pueda ser la epistemología, Rorty responde que no, pues entender lo que la filosofía desde Descartes quería entender, o sea, la ciencia moderna y sus relaciones con las matemáticas y con el sentido común, lo mismo que las bases de la teología y la moralidad, exige, según él, dirigirse “hacia fuera en vez de hacia dentro, hacia el contexto social de la justificación más que a las relaciones entre las representaciones internas”[14]. Esta perspectiva genera un marco para el pensamiento filosófico radicalmente diferente del de la filosofía tradicional, que denomina “conductismo epistemológico” Este consiste en un enfoque pragmático del conocimiento al que entiende como una práctica social de elaboración de creencias, que se construye en las interacciones concretas y cuyo carácter racional es contingente, histórico y no universal, que no requiere de fundamentación alguna y que está referido a otras prácticas. Dicho conductismo se opone radicalmente a ver las prácticas sociales de justificación, en este caso a la epistemología, como si fueran algo más que tales prácticas, es decir, rechaza su pretensión fundamentadora[15].

Desde la perspectiva rortyana dicha discusión tiene un resultado previsible, pues, de una parte, lo que se propuso Rorty fue justamente deconstruirla, en cierto sentido, eliminarla, y de otra parte, en su idea de la filosofía “edificante”, no tiene cabida algo así como la filosofía de la ciencia y mucho menos la epistemología con pretensión fundamentadora.
Para Rorty, la filosofía es una práctica social, una práctica conversatoria, no una reflexión sobre el mundo o el conocimiento, no en el sentido de auto reflexión, ni tampoco un quehacer reconstructivo. La filosofía no es una disciplina que se vuelva reflexivamente sobre otras prácticas —ni solipsista ni dialógicamente—; la filosofía conversa con otras prácticas, no trata de entenderlas, relacionarlas o explicarlas, sólo conversa con ellas. Evidentemente, después de Rorty, si aceptamos sus planteamiento, ¿para qué más epistemología?.
Qué tan acertado sea afirmar que las críticas referidas antes, y particularmente la deconstrucción rortyana, hayan provocado la muerte de la epistemología, es algo que podría ser una exageración, aunque es innegable la proliferación de críticas a esa reflexión sobre la ciencia desde los presupuestos de la filosofía tradicional, fundamentalista. Sin embargo, la cuestión de la ciencia, como forma de conocimiento, sigue inquietando a los filósofos y mantiene vivas algunas de las tradicionales polémicas, ahora planteadas en el marco de nuevas perspectivas. Lo que se escribe al respecto, que no es poco, así lo indica; y la filosofía es, como se ha dicho, ante las dificultades de precisar su ámbito de reflexión, lo que hacen los filósofos.
La discusión sobre la muerte o no de la epistemología, pienso que sólo tiene sentido si aún le asignamos a la filosofía tareas de comprensión reflexiva de las diversas prácticas humanas, entre las que se encuentra el conocer, o si aceptamos la posibilidad de una reconstrucción racional de los distintos saberes y de la ciencia, como propone Haber-mas, la cual ha de permitir mediar entre la totalidad y lo particular (problema filosófico por excelencia, aún vigente), trascendiendo el momento, sin renunciar a la vinculación al contexto socio histórico. Esta tarea, creo, no conduce, por sí misma, a una postura fundamentalista, mientras no reclame la filosofía la infalibilidad de un acceso privilegiado a la verdad, y aunque mantenga el carácter universalista de sus planteamientos[16].
LA HERMENÉUTICA COMO CONVERSACIÓN
Independientemente de si las críticas contra la epistemología, en gran medida fundadas, han logrado eliminarla o deslegitimarla, lo cierto es que la postura filosófica de Richard Rorty, en particular su concepción de la hermenéutica, representa una ruptura con cualquier tipo de epistemología. Con su opción por la hermenéutica, lo dice claramente, y parece ser consecuente, no pretende ofrecer una teoría sucesora de la epistemología, ni una teoría de la comprensión como forma de conocer que se diferencie claramente de la explicación con intención predictiva. Tampoco busca describir, con pretensiones de verdad, la estructura interpretativa de la existencia humana, ni construir una meta teoría sobre la universalidad del fenómeno hermenéutico.
La hermenéutica, dice: ‘‘no es el nombre de una disciplina, ni de un método de conseguir los resultados que la epistemología no consiguió obtener, ni de un programa de investigación… es una expresión de esperanza de que el espacio cultural dejado por el abandono de la epistemología no llegue a llenarse -que nuestra cultura sea una cultura en la que ya no se siente la exigencia de constricción y confrontación[17].’’ Supone, igual que en Gadamer, el rechazo a la constitución trascendental de los objetos del conocimiento y al dualismo cartesiano mente-cuerpo, lo mismo que la concepción del hombre como auto-creador. En este contexto, el conocimiento (creencias) es una actividad de auto-formación o ‘’edificación’’, es una conversación, una práctica social; todo ello contra la idea de que el conocimiento es una confrontación entre ideas o palabras y objetos que daría lugar a una representación exacta de los mismos.
En la conversación “avanzamos y retrocedemos entre distintas opiniones sobre cómo caracterizar las afirmaciones particulares u otros hechos y opiniones sobre el sentido de toda la situación, hasta que poco a poco nos vamos sintiendo a gusto con lo que hasta ahora nos era extraño’’[18], pero, diferencia de la argumentación habermasiana, no está regida por reglas. En el curso de la conversación “se llega a compromisos o se trascienden los desacuerdos entre disciplinas y discursos… conversación que no presupone ninguna matriz disciplinaria que una a los hablantes, pero donde nunca se pierde la esperanza de llegar a un acuerdo mientras dure la conversación”[19].
La referencia al conversar sustituye la metáfora visual del espejo, porque en la conversación, el habla no se entiende como representación de objetos de la experiencia ni como exteriorización de representaciones internas (ideas), sino sólo como una conexión de unas oraciones con otras, en la que las palabras toman su significado de la relación con otras palabras. En ello radica, para Rorty, la diferencia entre conversar e investigar, proceder, este último, orientado por convenciones (método) admitidas previamente con miras a la construcción de explicaciones verdaderas y objetivas de los fenómenos, según la concepción de la “ciencia normal”. Por el contrario, la ciencia “revolucionaria”, consiste en plantear nuevos problemas y efectuar “re descripciones” del mundo, que no reúnen lo múltiple en una visión y un lenguaje únicos, sino que usa nuevos lenguajes, como la metáfora, lenguajes no conmensurables. Así, por ejemplo, las “re descripciones” de lo que los hombres somos –problema de las ciencias humanas-; “no es tarea de una teoría, sino de géneros tales como la etnografía, el informe periodístico, los libros de historietas, el drama documental y, especialmente, la novela[20], lo cual evidencia el carácter sustancialmente estético de lo que llama “re descripción” del mundo.

Entender el conocimiento consiste en comprender las prácticas sociales mediante las cuales se justifican las creencias, cosa diferente de encontrar el proceso causal que lo genera[21]; lo que torna innecesaria una práctica justificatoria como la epistemología. Esta es sustituida por la conversación sobre las otras prácticas sociales, constituyendo un modo diferente, no fundamentalista, de relacionarse con el resto de la cultura[22] . De este modo, la filosofía pasa a ser “una voz en la conversación de la humanidad” Como tal, habla, no de temas puestos por ella sino por diferentes interlocutores, en diferentes tiempos y contextos; participa en conversaciones iniciadas por otros saberes (teología, ciencia, política, etc.), pero sin pretender aportar fundamentos ni señalar los argumentos pertinentes; es sólo un interlocutor entre otros. Esto es justamente, lo que Rorty entiende por hermenéutica, por práctica hermenéutica. Conviene agregar que la hermenéutica es mucho más que una postura asumida por Rorty; parece ser el carácter de la filosofía del siglo XX, que, como en él, da continuidad a la perspectiva filosófica nihilista asumida por Nietzsche, a la comprensión de la metafísica realizada por Heidegger y a los planteamiento de Gadamer, de Verdad y Método. En palabras de Vattimo, por hermenéutica entendemos actualmente, más o menos todos, una posición filosófica que puede definirse por el distanciamiento del fundacionalismo metafísico y por la concepción del mundo como conflicto de interpretaciones[23]. Es decir, intenta superar el primado de la teoría sobre la práctica (logo centrismo) y de la razón abstracta, introduciendo la referencia a las prácticas en el mundo de la vida y partiendo de los contextos y ámbitos en que la razón opera, con lo que pone de presente la finitud, la temporalidad y la historicidad de sus manifestaciones.
Esta mirada lo que implica, en síntesis, es la sustitución de la idea de totalidad por lo fragmentario, de la idea de una razón central por el descentramiento, de la unidad por la multiplicidad, de la referencia a lo universal por lo local, de lo atemporal por lo histórico, de la necesidad por la contingencia, de lo trascendente por lo inmanente, de la conmensurabilidad por la inconmensurabilidad.
A decir de Vattimo, la hermenéutica se ha convertido en la Koiné[24], en una especie de idioma común de la cultura occidental contemporánea, y de cierta manera en “moda”, en parte por las coincidencias mencionadas y porque hoy está “demasiado poco caracterizada filosóficamente, y por eso puede parecer tan aceptable, urbana e inocua”[25] ; ello a causa de la pérdida de su sentido filosófico originario, que Vattimo encuentra en la “vocación nihilista”, presente, aunque en formulaciones diferentes, tanto en la filosofía del acontecer de Nietzsche como en la crítica heideggeriana de la metafísica. El acuerdo general sobre estos aspectos ha permitido acercamientos entre posturas filosóficas tan diversas como las de Apel, Habermas, Derrida , Foucault, Rorty, Taylor, Heidegger, Gadamer, Ricoeur y otros.
Pero posiciones como la de Rorty, según Habermas, nutren formas modernas de escepticismo y de contextualismo “que restringe todas las pretensiones de verdad al radio de alcance de juegos de lenguaje locales y reglas de discurso que fácticamente se han logrado imponer”[26]. Si no hay más verdades que las que, en cada caso, acepta la tradición y la comunidad social desde la que se habla, se cae en el relativismo y en el etnocentrismo, porque desaparecen los referentes culturales y los estándares de racionalidad que vayan más allá de los vínculos locales, dificultando el diálogo y el acuerdo intercultural y dogmatizando el contenido de la tradición de referencia.
Habermas agregará, que el contextualismo y relativismo en que cae el pragmatismo radical de Rorty, “sólo es el reverso del logo centrismo”, que sólo acepta como racionales las elaboraciones relativas a las cuestiones de verdad; todo lo que rodea y delimita a la ciencia, los contextos en que ella se inserta, lo mismo que las elaboraciones que los sujetos hacen de sí mismos, pertenecen a la esfera de lo irracional per se[27].
Aceptando también la referencia al contexto y a los múltiples juegos de lenguaje lo mismo que la idea de una razón situada e histórica, Habermas concluye en algo diferente del relativismo de la hermenéutica de Rorty y los posmodernos. Ve en la pluralidad de juegos de lenguaje una incentivo para el diálogo, entendido desde una concepción pluralista y procedimental – no sustancial- de la razón, que permita criticar y validar normas que merezcan universalizarse si son avaladas por razones. y que respeta el pluralismo de formas de vida, sin caer en el fundamentalismo. Desde este punto de vista, el problema con la hermenéutica de Rorty y las filosofías posmodernas es que eliminan todo referente y criterio a la luz de los cuales adelantar la crítica y juzgar las acciones, cayendo en “una racionalidad funcional, estratégica y una ética del “depende”[28].
En última instancia, lo que se pone en cuestión es la existencia de la filosofía, en la medida en que pierde su especificidad, cual es la mirada al todo y la cierta universalidad de sus planteamientos.
Y no es que pretenda que un campo de conocimiento, en este caso, la filosofía, no pueda modificar la idea que de sí misma tiene, ni ampliar su ámbito de estudio; ni tampoco se pretende desconocer, justamente por esa idea del todo, las relaciones y vínculos entre distintas formas de la realidad, ni la imposibilidad de establecer fronteras entre diferentes mundos y formas de acceso a la realidad, que en cambio hoy se enfatizan, por ejemplo, con el concepto de mundo de la vida de Habermas, o con la noción de complejidad de Morín, o con la teoría de sistemas, o con la idea de interdisciplinariedad.
Pero, desde cualquiera de las mencionadas miradas, los acercamientos o la interdisciplinariedad que se propone, desdibuja las fronteras pero no elimina las diferencias ni se pierde la identidad.
En Rorty, el acercamiento a la narrativa y a la perspectiva estética, que se expresa en una concepción “edificante” de la filosofía, la cual enfatiza la actitud creativa y que encuentra en la poesía su prototipo, conduce a la pérdida de la especificidad de la filosofía: la referencia a la totalidad, el carácter universalista de sus planteamientos, aunque no infalibilidad ni superioridad respecto de otros saberes; lo mismo que no encontrará cómo cumplir su tarea de guía para la construcción de una vida guiada por una auto comprensión reflexiva[29].
La idea de filosofía que ha alimentado, es la de un pensamiento, “retórico, ni objetivo ni descriptivo, sino más bien persuasivo”, como diría Vattimo, cuya finalidad es “hacer que la conversación se mantenga”[30]; formulación que deja sin responder la pregunta acerca de qué se entiende por filosofía, situación incomprensible si a lo que se hace, se le da un nombre que se lo delimita y diferencia; se le llama filosofía.
Pero además, Rorty parece dudar de que exista una actividad específica que pueda llamarse filosofía, lo que propicia su creciente acercamiento a la perspectiva estética y el proponer un “giro global en contra de la teoría y hacia la narrativa”[31].
Su opción por la contingencia y la inconmensurabilidad, conceptos que están a la base de su concepción “edificante de la filosofía”, le hacen mirar hacia la narrativa, en la que dichos conceptos encuentran el ámbito propicio. La poesía, dice, ha sido “el esfuerzo por lograr auto creación mediante el reconocimiento de la contingencia”, mientras que la filosofía ha sido “el esfuerzo por conseguir universalidad mediante la trascendencia de la contingencia”[32]. En consecuencia, afirma que “los filósofos importantes de nuestro propio siglo son los que han intentado seguir el impulso poético de los románticos…para hacer patente la universalidad y la necesidad de lo individual y lo contingente” [33]. El filósofo “edificante” es “un tipo de intelectualliterario que lee y escribe con el fin de enfrentar un vocabulario contra otro, intentando ver si son consistentes entre si y tratando de inventar otros nuevos”, acorde con esto, la filosofía se define como un tipo de escritura que no puede aspirar a algo más que los otros géneros de literatura.
[1] Aquelarre. Revista semestral del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. No1. Edición Enero –Junio 2002.
[2] BENGOA, Javier. De Heidegger a Habermas. Barcelona: Herder, 1997. p. 9
[3] Por fundamento no se entiende aquí un principio evidente, indemostrable, del que se derivan argumentos, sino como supuestos que hemos de considerar como necesariamente verdaderos, sin los cuales no es posible la argumentación y la intersubjetividad. Al respecto ver: CORTINA, A. y MARTÍNEZ, E. Etica. Madrid: Akal, 1996.
[4] HABERMAS, J. Pensamiento posmetafísico. Madrid, Taurus, 1990. p. 40.
[5] RORTY, R. La Filosofía como espejo de la naturaleza. Madrid: Cátedra, 1989. p. 20
[6] La conciencia es la mente que refleja el mundo exterior y que reflexiona sobre sí misma, o mundo interior,
sobre su actividad (auto reflexión)
[7] RORTY, R. Op. cit., p. 20
[8] HABERMAS, J. Conciencia moral y acción comunicativa. Barcelona: Península, 1994, p. 12-13.
[9] VATTIMO, G. El fin de la modernidad. Barcelona: Gedisa, 1990 p. 11
[10] ECHEVERRIA, Javier. Filosofía de la ciencia. Madrid: Akal, 1998. p. 16-17
[11] HABERMAS, J. Pensamiento posmetafísico. Op. cit. p. 57
[12] RORTY, R. Op. cit. p. 19
[13] RORTY, R. Op. cit. p. 322. Las ciencias que han de ocuparse del conocimiento son para Rorty la Antropología Cultural y la Historia Intelectual, que usan métodos empíricos
[14] RORTY, R. Op. cit. p. 196
[15] Citado por MCCARTY, Tomas. Ideales e ilusiones. Madrid: Tecnos, 1992. p. 23
[16] HABERMAS, J. Pensamiento posmetafísico. Op. cit., p. 24-26
[17] RORTY, R. Op. cit. p. 287
[18] Ibid., p. 289
[19] RORTY, R. Op. cit. p. 289
[20] RORTY, R. Contingencia, ironía y solidaridad. Barcelona: Paidos, 1996. p. 18
[21] RORTY, R. La filosofía como espejo de la naturaleza. Op. cit. p. 162
[22] RORTY, R. El giro lingüístico. Barcelona: Paidos, 1990. p.21-27
[23] VATTIMO, G. Hermenéutica, democracia y emancipación. En: Revista Leviatán Nª 63
[24] VATTIMO, G. Más allá de la interpretación. Barcelona: Paidós, 1995 p. 57
[25] Ibid., p. 32
[26] HABERMAS, J. Pensamiento posmoderno. Op. cit., p.60
[27] Ibid., p.61
[28] CORTINA, A. Ética sin moral. Op.cit., p.32
[29] HABERMAS, J. Pensamiento posmetafísico. Op. cit., p. 25-28
[30] Citado por BENGOA, J. Op.cit., p.189
[31] RORTY, R. Contingencia, ironía y solidaridad. Op. cit., p.18
[32] RORTY, R. El giro lingüístico. Op. cit., p. 10
[33] Ibid., p.10