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Constantino I el grande-historia-biografia

Constantino I el grande (en latín, Flavius Valerius Aurelius Constantinus Augustus):

«De entre todos los emperadores romanos, él solo honró a Dios, el Altísimo, con extraordinaria devoción, él solo anunció con valentía la doctrina de Cristo, él solo exaltó a su Iglesia como nadie desde que existe memoria humana; él solo puso fin a los errores del politeísmo y abolió toda clase de culto a los ídolos.» EUSEBIO DE CESÁREA, OBISPO

«Ese monstruo Constantino. […] Ese verdugo hipócrita y frío, que degolló a su hijo, estranguló a su mujer, asesinó a su padre y a su hermano políticos, y mantuvo en su corte una caterva de sacerdotes sanguinarios y cerriles, de los que uno solo se habría bastado para poner a media humanidad en contra de la otra media y obligarlas a matarse mutuamente.» PERCY BYSSHE SHELLEY

(Nis[1], actual Serbia, 27 de febrero 272-Nicomedia, hoy Izmit, actual Turquía, 22 de mayo 337) Emperador romano (312-337). Hijo de Constancio I Cloro, augusto de Occidente (305-306), y de Helena[2], Flavio Valerio Constantino fue educado en la corte del emperador Diocleciano, en Nicomedia.

En el verano del año 306, durante una campaña contra la tribu escocesa de los pictios, Constancio Cloro murió en Britania e inmediatamente el ejército aclamó a su hijo como augusto de Occidente. En un principio, Galerio, augusto de Oriente, reconoció a Constantino la dignidad de césar, pero al fin tuvo que aceptarlo como augusto.

Al año siguiente, sin embargo, la tetrarquía, el sistema de gobierno del Imperio Romano ideado por Diocleciano, entró en crisis a causa de las rivalidades entre los diferentes tetrarcas, hasta que en el 308 estalló una cruenta guerra civil que enfrentó entre sí a los cuatro augustos legales (Galerio, Constantino, Licio y Maximino Daya) y un césar ilegítimo (Majencio). [3]

Muerto Galerio (311), Majencio y Maximino Daya se aliaron para luchar contra Constantino y Licio, quienes también se vieron obligados a unir sus fuerzas. De hecho, hasta entonces Constantino no había tomado parte en la guerra civil, ocupado en su sede de Arevi en la organización del ejército y en rechazar los ataques de francos y alamanes contra la Galia.

Sus tropas, cuyas filas formaban numerosos bárbaros, se encontraban, en consecuencia, en condiciones relativamente buenas. Por este motivo, cuando irrumpió en Italia, se impuso con facilidad al ejército de Majencio en el valle del Po y pudo marchar rápidamente sobre Roma. Cerca de esta ciudad, el 28 de octubre del 312, derrotó en la decisiva batalla del puente Milvio[4] al propio Majencio, quien se ahogó en el Tíber en su intento de huir.

En el 313, Constantino y Licinio promulgaron el edicto de Milán, por el que reconocían a la religión cristiana iguales derechos que a los cultos paganos[5]. Ese mismo año, la victoria de Licinio sobre Maximino Daya en Asia Menor permitió a los dos augustos vencedores repartirse el imperio: Tracia, Egipto y las provincias asiáticas quedaron bajo la jurisdicción de Licinio, mientras que el resto del territorio fue para Constantino (314).

Tras casi un decenio de paz, en el 323, una nueva guerra hizo de Constantino el emperador único, tras derrotar en Nicomedia a Licinio, quien murió al poco tiempo (324)[6].

Instalado en Oriente y dedicado a la protección de la frontera del Danubio, Constantino nombró césares a sus cuatro hijos y les encargó el gobierno de diferentes regiones: la defensa del Rin fue confiada a Crispo, su primogénito, a quien acabaría por hacer ejecutar[7]; Hispania, Galia y Britania, a Constantino; Italia, Iliria y África, a Constante; y Egipto y las provincias asiáticas, a Constancio.

Esta descentralización del poder se hizo más efectiva por la existencia de cuatro prefectos del pretorio colocados al frente de las prefecturas de Oriente, Iliria, Italia y Galia.

Aunque Constantino mantuvo siempre el principio formal de tolerancia religiosa[8], durante toda su vida promovió la expansión del cristianismo, que convirtió de hecho en religión oficial[9].

El emperador participó personalmente en asuntos eclesiásticos, y así, intervino en el cisma donatista (314) y convocó el primer concilio de Nicea (325), que condenó la herejía arriana.

Con todo, posteriormente se inclinó por el arrianismo, y poco antes de su muerte, fue bautizado por el obispo arriano de Nicomedia. En el 330, trasladó la capital del imperio a orillas del Bósforo, a la antigua colonia griega de Bizancio, ciudad que fue reconstruida y cambió su nombre por el de Constantinopla. Tras haber derrotado a los godos (332), el emperador falleció cerca de Nicomedia, en el año 337, mientras preparaba una campaña contra los persas.

[1] Nissus, Nich. Como fuente complementaria hemos usado Deschner Karlheinz. Historia criminal del cristianismo (Kriminalgeschichte des Christentums). La época patrística y la consolidación del primado de Roma. Colección Enigmas del Cristianismo Ediciones Martínez Roca, S. A, Barcelona 1991.

[2] Santa según la Iglesia. …« supuesta princesa británica, había sido pagana y tabernera (stabularid) en los Balcanes. Con esta santa vivió en concubinato Constancio Cloro antes de su primer matrimonio (con la emperatriz Teodora), y luego en una situación de bigamia.

La aristocracia grecorromana llamaba a Constantino «el hijo de la concubina»; Ambrosio, doctor de la Iglesia, incluso dejó escrito que Jesucristo la había elevado «del fango al trono». (Pero en 326, cuando ella emprendió una «peregrinación» a «Tierra Santa» y el obispo Eustatio de Antioquía se atrevió a decirle algo semejante cara a cara, Constantino lo envió al exilio, de donde no regresó jamás.) Las familias gentiles más notables despreciaban a Elena por sus orígenes, y la futura santa, «intrigante, autoritaria y totalmente desprovista de escrúpulos», hizo cuanto pudo por alejar a Teodora de Constancio con la colaboración de los cristianos y la desterró a unas dependencias del palacio con su familia; todo ello para asegurar la sucesión a su propio hijo»

[3] « Una vez se vio dueño de la Britania y la Galia, en el año 310 emprendió el saqueo de España, es de suponer que para privar a Roma del aprovisionamiento de los cereales ibéricos, e indisponer contra Majencio a la población hambrienta.

[4] La historiografía cristiana trató de hacer ver a Majencio como la encarnación del mal y a Constantino como su salvador.

[5] A Licino casó con su hermana Constancia para refrendar el acuerdo.

[6] Este conflicto se manejó como si fuera una guerra de religión, cuando lo que estaba de por medio era la ambición de ser cada quien el único Monarca de los territorios.

[7] Muy probablemente muerto por envenenamiento. Lactancio (en Galia) había sido uno de sus mentores (de Crispo).

[8] ¿? En 315, Constantino hizo de la conversión al judaísmo un crimen capital; tanto el judío proselitista como el cristiano converso eran reos de muerte.

[9] Así Constantino hubiera venerado al Apolo gálico, al mismo Hércules. Se sabe así mismo que «durante mucho tiempo siguió acuñando monedas con figuras de dioses paganos como Sol Invictus, Júpiter Capitolino y Marte, siendo el primero de éstos el que durante más tiempo tuvo culto oficial, tanto así que la festividad del domingo, introducida en 321, era en realidad el llamado dies Solis; con ella Constantino, notorio antisemita, evidentemente quiso reemplazar la fiesta judaica del sábado por el día del Señor cristiano. Poco antes de su muerte, Constantino hizo representar su persona en una estatua de pórfido bajo la figura de Helios, e incluso la víspera de su fallecimiento restableció una ley antigua por la que «los sacerdotes paganos quedaban exentos a perpetuidad de los tributos inferiores». De sí mismo afirmaba que jamás había cambiado de divinidad a la hora de recogerse a rezar».

…«En tiempos de Constantino empieza la metonimia (tanto en latín como en griego) de la palabra «iglesia» para significar tanto la comunidad de los creyentes como el edificio, antes llamado también templum, aedes y otros nombres.»…De ese tiempo data la Basílica de San Pedro en Roma…. « Sin embargo, es evidente que Constantino, homo politicus al fin y al cabo, tendría sus motivos para dispensar tantos honores, favores y riquezas. Al contrario que el pueblo ingenuo, los que mandan nunca dan nada «por el amor de Dios». No existiendo en aquella época librepensadores —según la opinión autorizada—, poco nos importa saber si el emperador, que durante algún tiempo y antes de manifestarse como cristiano fomentó con más asiduidad que ninguno de sus predecesores el culto al sol, fue en realidad un creyente sincero y hasta qué punto. Cuando era soberano en las Galias, donde los cristianos eran relativamente poco numerosos, apenas hizo ningún caso de ellos. Sólo cambió cuando pasó a reinar sobre Italia y el norte de África, donde aquéllos abundaban más, y no digamos después de conquistar las provincias orientales, casi totalmente cristianizadas. El hecho decisivo es que Constantino, hombre del «cambio», «revolucionario», pasó y pasa por haber sido cristiano y más aún, ejemplo magnífico de príncipe cristiano ideal. En este sentido, nos importan sobre todo las consecuencias de su política, «conducida en nombre del cristianismo y con plena colaboración por parte de éste», consecuencias que a través de merovingios, carolingios, Otones y el sacro Imperio romano germánico han empapado toda la cultura europea y se han prolongado hasta nuestros días.»

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